Texto: Magaly Olivera
Foto: Sonia Madrigal

Internet representa una de las mayores revoluciones que ha experimentado el ser humano a nivel mundial. Sin embargo, quizá por estar tan inmersos dentro de sus metamorfosis, la reflexión en torno a lo que la llegada de internet representa en nuestras vidas no siempre se hace tan consciente. En Lo and Behold: ensueños de un mundo conectado, el reconocido director Werner Herzog explora distintas aristas de lo que esta red de comunicación ha generado.

Por un lado, están las virtudes que todos conocemos: internet une al mundo, impulsa los avances tecnológicos y democratiza la información —incluso fomenta la militancia—, por nombrar algunos ejemplos; pero internet también irradia frecuencias que pueden enfermar a las personas, y genera un espacio de libertad en donde los límites éticos son cuestionables, y donde el acoso cibernético, la inmediatez y la pérdida de la privacidad afectan a diversas comunidades. Por eso, en el documental de 2016, el espectador recorre las complejas entrañas de la red y los avances que ha provocado en el mundo (como robots que juegan futbol y amenazan con desbancar a Messi, Ronaldo y Neymar), pero también visita comunidades libres de radiaciones de los aparatos electrónicos y el wifi, así como centros para gente adicta a internet. En esta multiplicidad de efectos que surgen por el uso que hacemos de la web casi todo el tiempo —al menos en México, se estima que una persona pasa ocho horas al día navegando— se evidencia algo que Herzog indaga constantemente en sus películas: el aprovechamiento de esta herramienta oscila entre lo oscuro y lo luminoso, tal cual lo hacen las personas en su cotidianidad; en Lo and Behold: ensueños de un mundo conectado estamos ante otro caso donde la naturaleza humana, al enfrentar un panorama infinito de posibilidades, puede tanto usar lo que se ofrece en su beneficio, como hacerlo para dañar.

Internet, además, ha modificado nuestras estructuras de pensamiento y comunicación de manera profunda. También los estratos socioculturales y la manera en que nos relacionamos con los demás y con nosotros mismos han sufrido cambios, a consecuencia de las redes sociales y la velocidad de internet. El largometraje reconoce esto, pero además aprovecha para reflexionar sobre lo que internet podría provocar en el significado del ser un humano: monjes tuiteando en vez de meditar o una familia devastada por una tragedia que se volvió viral son algunos casos que el director alemán aprovecha para cuestionar los alcances que la web podría tener en el futuro. Incluso habla de la anulación de aquella —cada vez más obsoleta entre las generaciones más jóvenes— necesidad por estar acompañados de gente, o de la exploración de nuevos planetas e incluso de los cambios en las labores que durante mucho tiempo han sido asignadas a personas, pero que fácilmente podrían sustituirse por un robot. Hay un tono siniestro en lo que el futuro de internet podría conllevar, y Herzog invita a que el público lo intuya mediante su característica ironía.

Un fenómeno tan grande no es fácil de analizar, pero Lo and Behold: ensueños de un mundo conectado traza un panorama exhaustivo de las mentes y las acciones de quienes lideran distintos aspectos de la web. Así, el espectador puede profundizar en la compleja red de implicaciones que la modernidad ha traído consigo, y que, en muchos casos, acercan a las personas a sus propios límites, los cuales, aunque parecen ser suficientes, adquieren con esta película y con un vistazo a la vida en internet, una sensación de infinito que puede rozar esquinas muy oscuras de la personalidad.


Magaly Olivera es la editora de Ambulante. Recibió el primer lugar en el VIII CONCURSO de Crítica Cinematográfica “Fósforo” Alfonso Reyes de FICUNAM. Fue editora de la sección de Letras en la página web de Frente y ha colaborado en diversos medios como Tierra Adentro, Código, Pijamasurf Mula Blanca.