Texto: Magaly Olivera
Foto: Delphine Tomes

Existe una gran controversia al momento de introducir objetos sagrados dentro de un museo. Por un lado, la preservación del material histórico dentro de las vitrinas fomenta su protección y su difusión, pero por el otro representa la extracción y reubicación del mismo, modificando su significado original y provocando la apropiación cultural de las instituciones por encima de la voluntad de la gente que habita en los lugares de origen.

La piedra ausente (México, 2013) es un documental de Sandra Rozental y Jesse Lerner que explora este dilema al mostrar dos perspectivas del traslado del monolito prehispánico de Tláloc desde San Miguel Coatlinchán, en Texcoco, hasta el Museo Nacional de Antropología en la Ciudad de México: la de la población de Coatlinchán que desea preservar la representación del dios en su tierra, y la del Estado que anhela colocarlo en el museo. El filme es polifónico y muestra los métodos que utilizaron ingenieros y arqueólogos para mover la piedra de 167 toneladas y siete metros de altura, al mismo tiempo que intercala animaciones que narran la historia de Tláloc desde los tiempos de Moctezuma con el testimonio de los habitantes de Coatlinchán y sus esfuerzos por honrar sus raíces y defender la permanencia de la piedra en su ciudad.

Los hechos ocurrieron en 1964 cuando bajo la administración de Adolfo López Mateos se creó el Museo de la Ciudad de México, el Museo de Arte Moderno, el Museo de Historia Natural y el Museo de Antropología, todos en la capital del país. Aunque con tintes centralistas, esta política buscaba fortalecer la oferta cultural de México. Sin embargo, el nacimiento de los museos provocó el descontento de algunos pobladores, como es el caso de los habitantes de Coatlinchán, quienes veneraban el carácter sagrado e histórico de Tláloc –también conocido como la diosa Chalchiuhtlicue (o como Bob Esponja para los más jóvenes de la comunidad)–, por lo que se manifestaron en contra de las instituciones. No obstante, el gobierno recurrió al ejército para dispersar las revueltas y consiguió extraer la roca sagrada pese a los reclamos de la gente.

Cabe destacar que en La piedra ausente no se impone una postura en relación al dilema. Su visión es neutra y busca que sea el espectador quien dé las respuestas al conflicto. ¿Qué postura debemos defender en estas situaciones: la institucional o la de la población civil? Y es que el caso del monolito de Tláloc no es el único en donde el Estado se apropia del significado original de un objeto para volverlo parte de un consumo cultural diseñado para el turismo y la musealización. Pensemos, por ejemplo, en la construcción del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México y sus efectos en la desecación del Lago de Texcoco, donde alguna vez se asentó la cultura teotihuacana.

No obstante, el concepto de “progreso” inherente a las grandes ciudades suele implicar este tipo de desprendimientos del pasado en beneficio del nacionalismo y el patrimonio cultural. Es entonces que cabe preguntarse: ¿cómo nos relacionamos en la Ciudad de México con nuestro pasado prehispánico y sus restos materiales? ¿Podemos recuperar nuestras raíces pese al crecimiento y la modernización de nuestra sociedad? ¿Qué conlleva la institucionalización del patrimonio arqueológico? ¿Cómo podemos participar de manera activa en la conservación de los bienes? Quizá frente a la diversidad de perspectivas en torno a estas cuestiones no existen las respuestas inequívocas, pero sin duda la reflexión del tema puede aclarar la responsabilidad de las instituciones y el gobierno frente a la población y su pasado, y contribuir en la definición de una identidad prehispánica en tiempos modernos.


Magaly Olivera es la editora de Ambulante. Recibió el primer lugar en el VIII CONCURSO de Crítica Cinematográfica “Fósforo” Alfonso Reyes de FICUNAM. Fue editora de la sección de Letras en la página web de Frente y ha colaborado en diversos medios como Tierra Adentro, Código, Pijamasurf Mula Blanca.