Texto: María Portilla

Mi Valedor intenta inmortalizar en cada edición el espectáculo que se vive en las calles del turbulento DF ―para algunos de nosotros el cambio es difícil y aún no queremos llamarle CDMX. En esta ocasión la revista se convierte en un estadio, en un cuadrilátero, en un tablero, en un gimnasio del absurdo. Nos peleamos por sobrevivir en esta jungla de concreto, donde la ley del más fuerte parece predominar sobre todas las demás leyes de nuestra ahora exclusiva Constitución.

El chilango panzón o fortachón suda la gota gorda cada día; acá no hay que esperar cuatro años para ver los deportes más picantes y competitivos, uno solo necesita salir a las calles. En el combate deportivo de la Ciudad de México no se piden requisitos de altura, edad, sexo, condición económica ni peso. Y como en un club de pelea clandestino, aquí no hay antidoping y la regla es que no existen reglas. En cambio, se necesitan la fuerza bruta y la destreza de los y las seños de los puestos, quienes cada día cargan kilos y kilos al despachar y mover el producto sin provocarse una hernia. También se requiere equilibrio y temple para mantener el ritmo vigoroso de los albañiles que se lanzan el material en cadena.

Te invito a escapar un rato de tu teléfono celular para observar tan vivo espectáculo: las carreritas que nos ofrecen los microbuses, los neuróticos del tráfico, los bici-taxis, los diableros. Disfruta también las competencias de atletismo, donde las lluvias de temporada disputan una lucha encarnizada contra el defeño que, ante todo, detesta acabar ensopado.

Los capitalinos tenemos varios récords de resistencia: aguantando al jefe, las horas frente a una computadora, las jornadas de trabajo hiperextendidas, el tráfico en quincena y los trámites burocráticos del gobierno. Las ampollas en las yemas de los dedos de los oficinistas se endurecen con el tecleo obsesivo de los años; son las mismas que adornan las manos de los jóvenes que han olvidado salir a las calles por andar jugando videojuegos.

Ejercitar al aire libre es un gran reto con el nivel de contaminación y la altura de la ciudad. La natación es una herramienta clave para cualquiera que no desee morir ahogado entre mayo y septiembre. Cuando acaba el día, llega la hora de los relevos: alguien más se pone a hacer tu chamba como lo vimos en el número pasado; esta urbe no descansa, y es así como la olimpiada a la mexicana dura 24 horas.

Como de costumbre, abrimos esta edición con un cuento: en esta ocasión, un poderoso relato de Rodrigo Márquez; la crónica corre a cargo del gran escritor Edson Lechuga. Ansiábamos hablar de la organización que nos abrió las puertas desde que empezamos este proyecto, nuestros aliados y amigos de muchos años, Street Soccer… ¡por fin se nos hizo! Y por último, Lourdes Grobet engalana este número de Mi Valedor con su invitación a espiar las vidas personales de numerosos luchadores.

¡Ahí les va el agua!