Por José Santillán

Cuando el Pantera habla, se dirige a todos y a ninguno, no pasa de cincuenta años ni de setenta kilos ni de un metro con sesenta y cinco centímetros. Es moreno con rasgos felinos en mandíbula y nariz.

—Ya no quiero chupar —dice—, tengo muchas broncas con mi vieja. La gente me conoce y les cuido su coche, algunos me dicen que lo lave y me aliviano con la feria que me dan, lo malo es cuando se acaba el trago y la feria. Lo peor es cuando llega la cruda y no hay dinero pa’ curarla. Por eso dice el dicho: “Diosito, si en la borrachera te ofendo, en la cruda me sales debiendo”.

Alfonso, otro compa, algunas veces se ve limpio y sobrio, con toda la intención de trabajar más y beber menos, pero el alcohol a veces es más fuerte que él y le pasa como a Frida Kahlo, quien dijo: “Quise ahogar mis penas en alcohol, pero las condenadas aprendieron a nadar”. Él tiene problemas con sus padres, es soltero, pasa de cuarenta y cinco años, mide más de metro setenta y duerme en la vía pública, con un grupo de compañeros en situación de calle.

Lo conocí en Santa María la Ribera, donde las madres regalan comida. Él me decía “Sam”. Así es como yo marcaba mi contenedor para que me dieran la comida. A Alfonso algunos compas le decían el Español: era callado; no era tímido, más bien era reservado. Cuando traía más alcoholes que de costumbre, era más saludador, pero nunca ofensivo.

Un día, en Buenavista, en una banca de la explanada, yo le platicaba a un joven estudiante de aproximadamente veintitrés años lo que es el proyecto y la revista de Mi Valedor. Alfonso pasó en dirección a la biblioteca, me vio y se acercó a saludar. Llegó con unos alcoholes entre pecho y espalda, con la botella en la chamarra y algo sucio y greñudo, pero contento. Se integró a la plática, se hizo el cotorreo y cantó partes de canciones en inglés.

El joven estudiante descubrió en la persona sucia y greñuda un buen vocabulario, gusto por la música y buena actitud, pero también un gusto por el alcohol.

Alfonso disfruta sus tragos y también la biblioteca de Buenavista, porque además de brindar cultura y entretenimiento, es un lugar de descanso con sanitarios y agua potable los siete días de la semana. El servicio es gratuito.

—Sam, me caes bien —alguna vez me dijo—. Siempre te he visto limpio, nunca te he visto tomado; así quiero estar yo, por eso quiero dejar de tomar. Lo intento, pero es difícil. Tengo mucho rencor contra mis padres, por eso tomo.

—Sigue intentándolo, Alfonso, va a llegar el momento en que dejes de tomar.

—Ojalá, Sam, ya no quiero estar así, ya son muchos años. Por ahora conservo mi trabajo repartiendo periódicos. Uno de los jefes es mi amigo, fuimos compañeros de prepa y me da trabajo, aunque falte varios días. Él también piensa que puedo cambiar. ¡Lo voy a hacer! Mañana dejo de tomar. Me baño y voy al trabajo. Nos vemos. ¡Cuídate Sam!

—Nos vemos, Alfonso, suerte.

El Comanche, de quien se desconoce su origen, también se desconoce su peso porque siempre trae pantalón y chamarra grande. Se ve de treinta y cinco años de edad, otras veces se ve de cuarenta y cinco. Vive y duerme en la calle. Carga una o dos bolsas negras y siempre está dispuesto a platicar con los amigos. Los temas son variados: medicina, comida, deportes, guerrilla y otros tantos.

El Comanche no dice groserías, suele decir que inventó el antibiótico y que es entrenador de boxeadores y equipos de futbol famosos. También dice que quiere ir a cobrar su sueldo de miles de millones de pesos.

—Hermano —dice—, acompáñame a cobrar. Con ese dinero hago el cambio: ya tengo aviones, camiones y medicina, me falta gente. Regresa a trabajar conmigo, tú eres buen general.

—Me confundes, Comanche, no soy general.

—Sí eres, no sé por qué estás de incógnito, ¡ayúdame!

—No soy bueno con las armas, yo creo que sí me confundes.

—Bueno, si te decides vamos a cobrar y tomas posesión con un sueldo de seis mil millones de pesos mensuales. Tú sabes hacer este trabajo.

—Mi buen Comanche, insisto en que me confundes. Tú sabes que somos amigos. Nos saludamos y cualquier día nos fumamos un cigarro. Te veo después, Comanche, pásala bien.

En abril, el ahijado me comentó:

— ¿Sabes que se murió el Español? Se asfixió el miércoles cerca del Monumento a la Madre, por Villalongín e Insurgentes. Lo confirmaron compañeros de la calle.

—Él era uno de los que dormía con nosotros por el Teatro Silvia Pinal —agregó Luis—, ya no lo volvimos a ver.

—Mira, ya se quebró el Español —le dice Evaristo a otro compa, viendo el periódico del jueves, con la imagen del cuerpo cubierto excepto por los tenis.

— ¿Estás seguro de que es él? —preguntó el compa.

— ¡Seguro! Ayer lo vi y tenía sus tenis tipo bota, son los mismos de la foto —dijo Evaristo.

Por esos días, el Pantera, después de muchos tragos, no sobrevivió a una cruda. A Alfonso algo se le atoró, al parecer en un trago de sopa. Descansen en paz.

Ya tiene más de cuatro meses que no veo al Comanche por Santa María la Ribera, tampoco en Buenavista. Espero que se encuentre bien para saludarlo cuando se presente cualquier día, como otros compas que en ocasiones se ausentan pero sobreviven.

 

Los valedores ya tienen una comunidad que se va volviendo cada vez más sólida con los distintos talleres y actividades que hay en la revista. Al abrir sus puertas para trabajar juntos pude adentrarme mucho más en el proyecto, compartir los detalles de sus propias historias y pensar juntos en nuevas formas de decirlas. Cada uno exploró y descubrió otras maneras de observar. José Santillán entrega en “El Pantera, el Español y el Comanche” una ventana abierta para poder mirar dentro de esta maravillosa comunidad.

–Astrid López, Ediciones Antílope

 


José Santillán (Guanajuato, México, 1956)
Caminero, molero, observador, callado, normativo, con la música por dentro. Valedor desde noviembre 2015.