Por: Javier Salazar
En la madrugada volvió a pasar. 
Entre miradas incrédulas, una vez más temblamos y tembló con nosotros la casa, los cuadros,las plantas. El sonido estridente de una alarma cuyas buenas intenciones vienen siempre 
acompañadas de prisas, de espantos. Bajamos de prisa la escalera, una que parecía no tener 
fin y llegamos hasta donde - ¿según quién? - estaríamos a salvo de la impredecible tierra 
que reconoce que es ella quien decide muchas veces en contra de nosotros, para bien o para 
mal. 
Para dormir se necesita paz, pero se nos agotó esa noche, junto con la razón y la 
elocuencia. A lo lejos se escuchan las sirenas, un recordatorio de que las desgracias no 
viajan solas. Ya es de día y salgo a la calle, para sumarme al cansancio colectivo. Pero   hay que desayunar, aunque el menú del día sólo sirva paranoia y desconfianza. No me 
apetece, pero es lo que hay.
¿En qué dirección queda ese olvido donde lo que no pasa, sí pasa? Esta ciudad se mueve, 
esta ciudad respira. No nos tiene miedo, pero ¿podemos decir lo mismo de ella?