Texto: Julián Woodside

El consumo informal de la música ha existido desde hace siglos en México. Los espectáculos y las formas de entretenimiento “fuera de la ley” han sido fundamentales para la vida cotidiana del país.
Lo fueron en la Nueva España, cuando “las fronteras entre la actividad artística, la mendicidad, la vagancia y la ilegalidad se hicieron imprecisas” (Ramos Smith, 2010:21), y lo son ahora que en 2016 el INEGI reportó que una cuarta parte del PIB provino de la economía informal. Sí, no se puede hablar de la cultura y las artes en México sin contemplar estas prácticas.

Siglos atrás los músicos tocaban en los tianguis, las ferias y los lugares públicos, escondiéndose de las autoridades para evadir el pago de impuestos y derecho de piso por sus presentaciones. Y si bien eran quienes ofrecían –en la ilegalidad– melodías a cambio de unas monedas, hoy día son los vendedores de discos en los tianguis los que han continuado con la práctica de brindar música, al margen de la ley, a quien esté dispuesto a pagar.

A pesar de la creencia popular, no todos los discos que se venden en los tianguis son piratería, pues hay infinidad de obras originales que encuentran en estos espacios un canal de distribución. Eso sí, la venta opera al margen de la ley, ya que tiende a evadir el pago de impuestos. Sin embargo, esto no quita que el tianguis ha sido un espacio históricamente importante para conocer las tendencias del gusto popular, no solo musicales, sino también cinematográficas, literarias, culinarias, espirituales, etcétera.

Imaginemos por un momento que estamos en un tianguis, rodeados por múltiples sonoridades que se apropian de la calle, pues durante algunas horas el asfalto se vuelve un espacio de intercambio cultural. El canto de marchantas y merolicos hipnotiza casi como un mantra, al tiempo que se anuncian diversas ofertas. Escuchamos el rumor de la gente que come, platica y ronda el lugar, negociando precios y comentando productos. El burbujeo del aceite se confunde con los sonidos del laboratorio de aquella película de El Santo, que promueve un puesto dedicado al cine mexicano; el seseo de los comales se mezcla con el crujir del engranaje de algunos juguetes a base de pilas.

Caminando descubriremos algunos puestos que reproducen canciones a todo volumen como forma de entretenimiento de quienes en ellos atienden. Nos cruzamos con algún músico que, con guitarra en mano, recorre los pasillos mientras se acaba la poca voz que le queda. Pasamos de largo algunos puestos que venden música y que parecieran estar en el olvido. Está aquel cubierto de caratulas en blanco y negro, donde el vendedor recorta fotocopias con paciencia a la vez que dialoga con un cliente que le pregunta por la canción que se escucha, un clásico de Universal Stereo. Hay otros espacios que venden discos, pero ya no importa si son originales o piratas, pues se ofrecen a la par de libros viejos, cargadores de celulares y algunas antigüedades.

Otros puestos llaman la atención. Uno vende discos de música electrónica, otro de metal. Si alguien muestra interés, debe hacer alarde de su conocimiento para que el vendedor le haga caso, ya que no le interesa atraer a los paseantes, sino a los ya convertidos. Otro lugar con pantallas ofrece varias melodías populares, mas ahí no se venden discos, sino DVD’s de conciertos y compilaciones de videoclips. Entre todo el tumulto, un local contrasta el ambiente con un intromix, arte sonoro icónico donde se intercalan fragmentos de canciones acompañados por una voz so-so-sonidera que promueve una compilación. No hay discos, y por las bandejas de plástico podríamos pensar que se trata de otro giro, pero se ofertan memorias USB catalogadas bajo etiquetas como “Tropical”, “Pa’ bailar”, “Éxitos de los 90”, “Banda”, “Hits reggaetón”, etcétera; incluso algunos carteles anuncian que también se descarga la música al teléfono celular.

“La industria discográfica está en crisis”, insisten muchos. Y sí, de alguna manera si, pues como objeto físico la venta de discos ha disminuido de manera radical. No obstante, eso no significa que no se consuma música. Claro, el artista ambulante ha sido desplazado por unas bocinas, mientras que quien recomendaba discos ha sido sustituido gradualmente por algoritmos. Platicando con los vendedores, todos coinciden: ya casi nadie compra discos en la ciudad. Mencionan que se siguen produciendo discos piratas, aunque estos se distribuyen a otros estados de la República. No queda duda de que Internet ha cambiado las reglas del juego; pero, a pesar de ello, la música seguirá presente en los tianguis sin importar el formato. La venta informal lo tiene claro, por eso ya no monitorea los gustos a partir de oídas o de lo que dictan las disqueras, sino de lo que se vive en los sitios de streaming y las redes sociales. Es sensible, ante todo, de los hábitos e intereses de la gente, de ahí su vigencia como espacio de consumo musical.


Julián Woodside (México, 1982)
Académico, ensayista y “ociólogo”, disfruta de investigar acerca de cuestiones que, en su aparente irrelevancia, definen mucho sobre la vida contemporánea.