Texto: Mónica Unikel
Fotografías Cortesía de la Familia Cemaj 

La década de los cuarenta fue una de consolidación y florecimiento comunitario para los inmigrantes judíos –que en esos años ya no eran inmigrantes sino ciudadanos mexicanos por naturalización o por nacimiento–, y es muy interesante que eso sucediera mientras que en Europa Oriental estaba ocurriendo el Holocausto. Pero empecemos por el principio…

La comunidad judía en México surgió en los primeros años del siglo XX con inmigrantes del Imperio Otomano (Siria, Grecia y países balcánicos), y en la segunda década con judíos ashkenazim de Rusia, Polonia y Lituania, entre otros países europeos. En México encontraron la libertad que se les había negado y comenzaron una nueva vida de cero.

Todos llegaron al Centro de la ciudad, y allí se establecieron en vecindades en el Barrio de la Merced. En cuartos humildes recrearon tradiciones antiguas, estudiaron los textos hebreos y organizaron casas de oración, talleres de costura, tiendas de abarrotes tradicionales, carnicerías kosher y panaderías europeas en las que se hizo, por primera vez en México, el pan europeo de granos oscuros.

Los primeros inmigrantes se dedicaron en su mayoría a vender mercancías por las calles. Con la tienda sobre el cuerpo y las tres palabras de español que conocían, se daban a entender con la población mexicana que los veía con total extrañeza. Los niños iban en un principio a escuelas públicas, y más adelante empezaron a surgir los colegios judíos en vecindades del centro. Para 1923, los judíos damasqueños crearon la primera sinagoga de México frente al jardín de Loreto. Los inmigrantes fueron progresando lentamente, con enormes dificultades e incertidumbre, pero sabían, eso sí, que tenían que ahorrar cada centavo para poder vivir y seguir adelante.

En una segunda etapa los judíos sirios se fueron, por goteo, a la Colonia Roma. Unos iban llamando a los otros, hasta que todos ya estaban allí, congregados en los alrededores del Parque Luis Cabrera. Fueron recreando su vida y costumbres al estilo del Medio Oriente, y en 1931 se inauguró la primera sinagoga de los judíos de Alepo en la calle de Córdoba. Por su parte, los judíos sefaraditas –de Grecia y Turquía– se dispersaron por varias colonias: Del Valle, Roma, Santa María…, y los ashkenazim lo hicieron hacia Hipódromo, Álamos, Narvarte y Condesa, pero esto hasta los años cincuenta y, sobre todo, sesenta.

La década de los cuarenta
El personaje que vendía en abonos por las calles quedó atrás. Algunos abrieron tiendas establecidas, otros hicieron talleres de costura que en ocasiones derivaron en fábricas; hubo quienes entraron a la universidad y se volvieron profesionistas. Había varias tiendas que atendían las necesidades tradicionales judías y en las que la gente no solo iba a comprar: allí se enteraban de los chismes, las recetas, los acontecimientos y las actividades de la incipiente comunidad.

La década estuvo marcada por una gran creación de instituciones que perduran hasta la fecha. Entre ellas está la Sinagoga Nidjei Israel, que se inauguró en 1941 en la calle de Justo Sierra. Fue más que una casa de rezos: fue un centro comunitario en el que se hicieron ceremonias, graduaciones, fiestas, conferencias, reuniones políticas y culturales. Hoy es la Sinagoga Histórica en la que se llevan a cabo múltiples actividades de la cultura judía para todo público.

En 1942 también nació el Colegio Israelita Yavne, de orientación religiosa y sionista, en la calle de Jesús María. En el mismo año se inauguró la preciosa Sinagoga Rabí Yehuda Halevi en las calles de Monterrey, de los judíos de Turquía, Grecia y los Balcanes, siguiendo un modelo de Bulgaria. Y en el mismo año se creó una sinagoga en una casa de la calle Ámsterdam, en la Colonia Hipódromo, de judíos muy ortodoxos de Europa.

Asimismo, en 1942 se fundó el Colegio Hebreo Tarbut, de ideología sionista, tradicionalista y laico, y poco después nacieron dos escuelas de la misma tendencia en otros sectores: el Colegio Hebreo Sefaradí y el Colegio Hebreo Monte Sinaí. Mientras tanto en el Centro, en Tacuba #15, continuaban las actividades de los jóvenes judíos que ya empezaban a moverse hacia otros rumbos. La década terminó con un proyecto para establecer un centro deportivo, que viera la luz en 1950.

Quienes vivieron esta década les tocó saber, aunque de lejos, de dos acontecimientos que cambiaron para siempre la historia del pueblo judío: la Shoá (Holocausto) y el nacimiento del Estado de Israel en 1948. Era una época en que las noticias se recibían por radio o a través de la prensa escrita y con mucho retraso, pues no existían las comunicaciones de hoy.

La Segunda Guerra Mundial afectó enormemente a los judíos que tenían familiares en Europa, de los que nunca volvieron a saber. Pocos judíos llegaron a México durante este periodo, pues el gobierno de Lázaro Cárdenas rechazó la entrada masiva de refugiados judíos (a diferencia de los españoles). Hubo propaganda nazi que se importó al país y afectó a los judíos, derivando en marchas antisemitas en el Zócalo de la ciudad, mismas que nunca fueron avaladas por el gobierno.

Fueron años muy difíciles, aunque el hecho de tener instituciones fuertes en las que se expresaba y fortalecía la identidad judía mientras se lograba una adaptación cada vez más fuerte al país, fueron fundamentales para la consolidación de la comunidad. Por ello, el judío-mexicano es un ser de esta década.


Mónica Unikel (1963, unikelfasja@gmail.com)
Realiza visitas guiadas sobre la presencia judía en México desde hace 23 años. Autora del libro Sinagogas de México. Se encargó de reactivar la Sinagoga Justo Sierra 71, hoy un centro de cultura judía abierto a todo público.