Texto: José Luis Trueba Lara
Ilustración: Archivo MV

En aquellos días, la región más transparente del aire era un sueño imposible: los espacios sagrados de Tenochtitlan olían a muerte. La sangre de los sacrificados cubría los templos y las escalinatas para invocar a las moscas y anunciar el fin de una vida que alimentaba a los dioses. En el ombligo de la ciudad, la huesuda acechaba a cada paso para mostrar su lengua de pedernal. Los tzompantlis mostraban las cabezas de los hombres que habían ofrendado su existencia y sus almas, e incluso cuentan algunos cronistas que también se ensartó la cabeza de uno de los caballos de los conquistadores. Esa bestia, junto con los jaguares y los pumas, había sido entregada a la insaciable voracidad de los señores del universo. Nada sé sobre si los zopilotes llegaban a estos lugares para picotear las cabezas, pero sí puedo pensar que el miasma de la carroña era una presencia inexorable y que, tal vez –solo tal vez– por esa razón los nobles y los guerreros tenían en sus manos ramos de flores. Esa, quizás, era la única manera que tenían para enfrentar la pestilencia; algo parecido a lo que ocurría con el copal que se quemaba en los templos: su fortísimo aroma era lo único que podía espantar el tufo de la muerte.

Más allá de la zona sagrada, Tenochtitlan tenía otros olores; algunos seguramente eran maravillosos, pero otros invocaban a las arcadas que dejaban un ácido sabor en la boca. En una urbe atravesada por canales, no era raro que bajo los puentes se colocaran apestosas canoas para permitir que sus habitantes zurraran sobre ellas. Esos excrementos eran valiosos: no solo permitían conservar la pureza del agua, algunos se usaban para curtir las pieles de los animales y otros –tal vez– se empleaban como abono o como parte del sustrato de las chinampas. Es cierto: las curtidurías eran lugares que ofendían el olfato. En cambio, en los tianguis y en el gran mercado de Tlatelolco, las fragancias podían ser una invitación: el aroma de las frutas y los chiles secos, la suave presencia del barro y los puestos de comida que estaban aquí y allá exprimían la saliva. Y, más allá, casi lejos del ombligo de la capital, estaban las milpas y las chinampas que le adivinaban a Alfonso Reyes la idea de la región más transparente del aire.

Los hombres más poderosos de la ciudad también tenían sus olores: los sacerdotes pintaban su cuerpo y cabello con la sangre de los muertos, y en su carne a veces se adivinaban los restos de grasa que les dejaban las pieles de los hombres que fueron entregados a la piedra sacrificial antes de ser desollados. Los comerciantes, cuando partían a las tierras lejanas, abandonaban la caricia del agua y las hierbas jabonosas, y sus mujeres se entregaban al duelo que les impedía limpiarse y peinarse. Esa mugre era la preparación para la desgracia que podía alcanzar a sus hombres en el camino. Los viajes de los pochtecas transcurrían en el filo de la navaja que siempre amenazaba con la muerte. Ya después, cuando ellos volvieran de ese mundo incierto, tendrían tiempo para entrar al temazcal para sentir el olor de las hierbas, y renacer pulcros y capaces de mostrar su fortuna.

Al igual que los sacerdotes, los guerreros cargaban con el perfume de la muerte. La certeza de que un dedo o un trozo del cadáver de una mujer muerta en el parto era un talismán todopoderoso acompañaba sus pasos y los dotaba de un aroma preciso. Sin embargo, el tlatoani olía de distintas maneras: en las ceremonias religiosas su cuerpo tenía impregnada la muerte, pero el resto del tiempo estaba limpio y marcado por el dejo de las hierbas del temazcal; incluso, su casa olía distinto. En el jardín de Moctezuma Xocoyotzin no había un solo árbol que diera frutos… todos eran aromáticos y llenaban el ambiente con una fragancia que obligaba a achispar el olfato. Algo muy distinto de lo que sucedía en las casas de los pobladores: los pequeños corrales donde vivían sus guajolotes y sus patios olían a excremento, mientras que de sus cocinas emanaban los efluvios de la leña, de las tortillas recién hechas y de los chiles que se secaban cerca del fuego.

La gente del pueblo también tenía olores precisos: los cargadores que iban y venían del mercado, los trabajadores que levantaban una urbe cuyos edificios siempre parecían estar en construcción, los artesanos que chambeaban al rayo del sol en los patios de sus casas y en los talleres, y los campesinos que se partían el lomo en sus tierras tenían marcado el miasma de la sobaquina. El sudor era parte de su heráldica. Sin embargo, ese olor era muy distinto del que tenían los caídos en desgracia: los mendigos y los briagos irredentos caminaban por las calles con los pelos parados y la ropa rasgada, mientras que su cuerpo despedía el olor del pulque rancio, de la falta de baño y de la orina y la mierda que habían expulsado cuando se quedaban tirados en los terrenos baldíos de las zonas más pobres y lejanas del centro de Tenochtitlan.

¿A qué olían las mujeres? Algunas emanaban el miasma que siempre deja el trajín de la casa, otras estaban perfumadas con las fragancias del tianguis, unas más olían a perfumes y, por supuesto, las que vendían su cuerpo olían al chicle que mascaban mientras mostraban sus piernas para atraer a sus clientes. No hay duda, Tenochtitlan era una ciudad de aromas…


José Luis Trueba Lara. (Chilangolandia, 1960). Estudió para profe, sociólogo, filósofo y politólogo, aunque la mera verdad es que jamás ha ejercido nada. Lee como desaforado, duerme la siesta, camina en Coyoacán, se sienta en los cafés para criticar a los comensales y a veces de clases. Ha publicado un bolón de libros: novelas, ensayos, trabajos de historia y cuentos. Eso sí se levanta temprano y se apura a chambear para ver la tele.