Texto Diego Gerard
Ilustración Luis Safa

Aguardo la caída del sol detrás de los tinacos en azoteas. La luz se agota. Asomo la vista por la ventana para ver el taxi estacionado, bañado por la débil luz peatonal.

Me uniformo—como lo hizo siempre mi difunto padre: camisa blanca, corbata negra, pantalón negro. A diferencia suya, del taxista diurno, mi brazo izquierdo es tan pálido como el derecho; si bien cuelga por la ventana, queda bajo el manto de la noche.

Arranco en esta vida a contracorriente. Mi jornada es la progresión de la noche, el lento olvido de la oscuridad. Las primeras horas son engañosas, oscuridad que puede pertenecer a mañana o noche, con la dosis correspondiente de tráfico.

El primer pasaje hace la debida señalización, un hombre exasperado tras esperar el rutinario retraso del pesero. Azota la puerta. Viajamos en estados diametralmente opuestos—yo comienzo el día, él ya lo carga a cuestas. “Corregidora y Alhóndiga” me dice, lo que nos expulsa del Viaducto hacia el centro de la ciudad.

Al llegar a dicha esquina paga con un billete de cincuenta pesos que financiará mi ¿desayuno?, ¿cena?

El hombre camina hacia la Cantina Peninsular. Estaciono el coche en reversa, situándolo bajo un poste de luz, el blanco de la carrocería ligeramente enaltecido bajo la batalla de la luz peatonal con la noche. Entro a la cantina. Bulla de derrota al interior: el humo de cigarro cuelga débil, voces cansadas tejidas al unísono.

Ya no sirven huevos—ni a la mexicana ni motuleños. El cantinero más bien desliza un jaibol sobre la barra. “¿Cuál es su veneno?”, me mira con ojos ahogados en ojeras. “No he ni comido,” le respondo. Mato el hambre con una torta de cochinita y salgo por las puertas vaqueras junto a un hombre robusto. Me ve ir hacia al taxi y solicita pasaje a la colonia Nápoles.

Avenida Chapultepec, luego Insurgentes, dirección sur. Pasamos la Condesa, varios jóvenes levantan el pulgar, ignorando la torreta y su luz de ocupado. El taxímetro avanza rojo y urgente. De a poco Insurgentes se nutre de prostitutas de dudosa procedencia, torques cuasi masculinos, atuendos de lentejuelas que se encienden con las luces de automovilistas.

El cliente llega a su destino. El calendario se dispone a avanzar. Himno Nacional en el radio. Lo apago. Regreso hacia zona centro, por Patriotismo. Un microcosmo de tráfico se genera debido a una construcción. Luces de freno deslumbrantes. Cláxones genéricos, la castrante corneta del microbús. Espacio en el que recuerdo a mi padre, maniobrando el taxi, sus manos secas sobre el volante, lentes aviadores apaciguando el sol canalizado por el parabrisas.

Nos dejan avanzar con el ondeo de una bandera amarilla fosforescente.

Los pasajes siguientes son baratos: jóvenes borrachos entre antro y antro.

Las calles y las banquetas se vacían. El puesto de tortas se cierra como armadillo, anunciando las especialidades sobre el metal:

La Pachuqueña: milanesa, piña, quesillo
La Shakira: 
pierna, chamorro, chipotle

Los taqueros nocturnos entran al pico de negocio: clientes borrachos, desvelados, desangelados. La ciudad se aprecia como dicen alguna vez fue: calles fluidas, menos sobrepoblación. Coches zumban a mis costados, a altas velocidades al fin.

La recaudación mínima de la jornada descansa en mi bolsillo. De aquí en más el pasaje es fortuna. Deambulo por las calles en su versión más apocalíptica: Reforma vacío, semáforos verdes continuos desde la Diana Cazadora hasta la flácida Palma de Niza. Después Bucareli, vacía también, sin los ya perpetuos manifestantes, tramos donde mi padre me enseñó a conducir. Circulando el Reloj Chino un pequeño cabeceo me hace encender el radio de nuevo. Veo un sitio de taxis y me adhiero a él, listo para la siesta. Apago luces y aflojo el cuerpo. Si bien el tráfico extremo de la metrópolis no es fuente de mi sufrimiento, el verdadero verdugo es el ritmo circadiano, la intuición biológica de que debo vivir paralelo al sol.

Tocan mi ventana. Tardo un momento en retornar a la oscura conciencia. Desenrosco la ventana: me informan que no pertenezco a este sitio. En el retrovisor: luces altas parpadeantes: el taxi cuyo lugar tomé.

Emprendo a casa sabiendo que mi turno termina, apurado para estacionar el coche antes del ascenso solar. Pronto despertará el tráfico matutino. Compro la rigurosa torta de tamal, la primera venta de don Toño—puesto predilecto y hábito heredado de mi padre. Por la ventana lo veo bisecar el bolillo y, con sus manos arrugadas y pastosas, insertar el tamal.

Dr. Vertiz y Viaducto: acelero a casa.

La tímida luz impacta los tinacos. Salgo del uniforme. La luz sale con más vehemencia mientras la mía se apaga.

Hoy, como todos los días, un tributo a mi padre: el taxista diurno, quien me compartió la profesión para después heredarla. El turno a la luz del sol será por siempre suyo.


Diego Gerard
Es cofundador y editor de ficción de la revista literaria diSONARE. Su ficción ha aparecido en The Saint Ann’s Review, The Roanoke Review y The Acentos Review. Otros escritos han aparecido en The Brooklyn Rail.