Por Diego Gerard

En su análisis escrito sobre el tropicalismo, Pierre Gourou hace dos afirmaciones distintivas. La primera: el mundo occidental ve al mundo tropical como una especie de Jardín del Edén, el paraíso en la Tierra.

A mi llegada a la Ciudad de México, salgo en busca de la manifestación física de esta abstracción. El mes de marzo me recibe seco y polvoso, con un sol irascible y un viento frío lleno de toxicidad. La altura de la capital, quizá, la saca de las latitudes tropicales. Sigo adelante sin más reparo, manteniendo en el ojo de la mente un trance visual de elucidación tropical. En mi mente fabrico altas palmeras sacudiéndose con el vaivén de la húmeda brisa entrante del mar. En la escena real de la ciudad, las palmeras se esconden detrás de la gris película de smog; un viento que las acecha, las seca, les succiona la vida. En mi mente me imagino arropado por un calor húmedo, mientras que aquí, en la ciudad, soy más bien atacado por una confusión desmedida de la temperatura, sin saber si tengo frío o calor, acometido por ambos sentimientos de manera simultánea.

Camino a través de un caos callejero: construcciones en cada cuadra elevan el polvo o lo dejan caer de bien arriba, hay banquetas cerradas por reparaciones, y puestos de comida interminables que invaden las banquetas y despiden los vapores de garnacha y aceite quemado. Los cables de luz parecen multiplicarse en nudos electrizantes, silbando la alta tensión. Al fin arribo a mi primer destino. La fachada de la Bodeguita del Medio está mal pintada, pero un tímido son emana de adentro. Al entrar, veo las mesas copadas de turistas de apariencia escandinava bebiendo Coronas. Ordeno una en la barra para calmar la sed, el calor y la resequedad. Tomo asiento en la retaguardia.

Salgo al caer la tarde con un sentimiento de decepción. El son cubano se transformó en corridos a petición popular. La boca me sabe a levadura seca. El picor en los ojos me hace no querer abrirlos y siento la resurgencia de mi pterigión en el ojo derecho. Subo a un taxi para dirigirme al Búho Tropical, de la Colonia Doctores, con ánimos de redimir la tarde. Ahora, el caos vial: la aglomeración de coches ignora los carriles, otros hacen caso omiso de los semáforos. Cláxones al unísono. Bajo del taxi al sentir los síntomas del estrés urbano. Camino, pero todo se vuelve peligroso; es difícil cruzar la calle ante la desesperación de los conductores. La contaminación se respira más cercana, “tragando mofle” diríamos en tono proverbial.

Al llegar al Búho Tropical, me doy cuenta de que se ha convertido en una cantina como lo son todas, apestando a pierna de cerdo y tequila impregnado en el piso. Tomo asiento pero nadie me atiende. Los meseros cumplen con las cualidades tropicales descritas por Gourou: la emancipación sobre el tiempo, la pereza y la falta de ética productiva. La música que suena es apenas perceptible, una marimba veracruzana. Salgo al no ser atendido.

Camino de regreso a casa. Marejadas de gente en la calle; más personas saliendo del metro, cual hormiguero. La ciudad está encendida, vociferante.

Topo con la Flor del Son, y entro como último intento de una velada tropical. Lo más atractivo es el precio barato del buffet, que ofrece comida de resort norteamericana bajo luz neón. La gente adentro sí baila la pseudo-salsa, pero con un ritmo más parecido al de la cumbia.

Regreso a mi casa con una flema espesa en la garganta y los labios partidos. Frente al espejo veo que el pterigión creció, haciendo alcance hacia mi pupila. Pienso en Gourou y en cómo acertó más en su segunda afirmación sobre el tropicalismo: “Los trópicos son lugares primitivos, lugares de caos sin ley”.

Aun así, creo que el tropicalismo en la Ciudad de México es una narrativa de éxito, y la razón radica en el siguiente cuestionamiento: ¿por qué existe el orden implícito dentro de tan explícito caos? Somos tropicales en nuestra impulsividad, en nuestro caos sin ley, en el desarrollo anárquico en el que coexistimos sin la necesidad de un orden imperante.