Texto por Luis Guillermo Hernández
Foto por Rosendo Sánchez, Valedor desde abril 2016

Solo te despiertas, de súbito, cuando la última ráfaga del aguacero termina por entrar hasta tu cama y te moja la cara. Las paredes bailan unos segundos y luego reptan hacia el cielo por una escalera de gotas de agua, fría y furiosa. Tú te incorporas en chinga, pero en chinga: la tormenta se lleva los tubos, el mecate, las lonas, la casa… ¡Tu casa, Cristóbal! ¡Agárrala!

Los que te vemos, no paramos de reír. Ora sí que con perdón, mi Cristóbal, pero hay mucho de cómico en atestiguar la pequeña tragedia vespertina de un hombrecillo regordete, los ojos té de canela, un metro sesenta y ocho, la comisura de los labios cuarentones toda blanca del susto. La pequeña tragedia de perder la lona.

Sin escuchar los gritos de “¡A’í viene l’agua!”, estás bien a gusto, jetón, en tu saco, en el plantón de la CNTE en la Ciudadela o Bucareli, y de repente te levantas como trueno para tratar de evitar que el aguacero se lo lleve todo.

Como lo intentas, reímos. Como parece que quisieras atrapar palomas con las manos, reímos. Como jamás lo vas a lograr, reímos más. Somos malos, maestro. Malos de veras. Mojados y todo, así es como somos de malos los seres humanos.

Te ayudamos a levantar la cafetera, eso sí. Y los tupers todavía llenos de atún con mayonesa, la bolsita con propaganda, las banderolas de “Maestros en lucha: la educación pública debe ser consenso de todos, no imposición de algunos”, los documentos de tu afiliación a la sección sindical, tu cuaderno de notas donde escribes frases como “La criminalización de la protesta social es un cáncer que pretenden inocularnos”… Lo que da sentido a tu casa en la lucha.

Logramos evitar que tu saco de dormir se moje, como tú. Que tu huacal-buró no deje pasar el agua a tus 12 libros. Que tu backpack-ropero esté a salvo. Que tu Gillette azul no vaya a revolverse con las Gillette azules de los demás. Que tu otro par de tenis llegue aún a viejo. Que tu sombrero de paja para los solazos no acabe en el lodo. Que algo quede de todo aquello.

Y te ayudamos, aunque en este plantón, como todos saben, cada quien cuida su casa. Como lo tienen claro los más de 5,000 que se hacinan en unas dos mil y tantas tiendas de campaña, en lonas como la tuya, en los hoteles del perímetro, en las casas prestadas… Cada quien cuida su casa y la lleva consigo a donde vaya, como hacían los revolucionarios bragados de Emiliano Zapata.

Es parte de la protesta –dice la profesora Edith, todavía en la carcajada. Filósofa–. Uno como maestro es consciente siempre de que está luchando contra tormentas de todo tipo.

Por eso me acerco a ti, cuando ya estás riéndote también.

No, qué va… a cada rato hay que levantar la casa, si no e’la lluvia son los granaderos del mal gobierno, pues. La casa de uno es para la lucha –dices.

¿Vivir bajo una lona es vivir? Al albedrío de los vientos, los aguaceros o el frío. ¿Qué clase de casa es una lona sobre la que vuelan aromas a carbón para el café de todos, humo de autobuses, olores a orina, pulgas-ratas-cucarachas, calorón en las tardes, frío de perros en las noches? ¿Qué clase de casa es esta, donde caen escupitajos en forma de “maestros huevones”, piedras como “vándalos de la CNTE”, palos como “regresen a trabajar, pinches flojos”?

Esta casa de uno es temporal… es para la lucha –dices.

Y, como eres maestro –uno de esos miles que llevan ya bastante rato yendo y viniendo a México para luchar contra una decisión autoritaria–, sabes. Sabes de electricidad, Cristo –como te gusta que te digan aunque, según tú, seas ateo–. Y sabes también de los mil millones de vatios que estallan en el cielo con un estruendo de luz y el clamor que nos cimbra. ¡¡¡Bruuuuummmmm, cabuuuummm!!! Sabes de física también, y de química de elementos. De tablas periódicas y de rubidio, cesio, francio, estroncio, bario, radio.

Pero, sobre todo, por sobre los relámpagos, el aguacero o la química de elementos, sabes perfectamente por qué vives aquí y por qué a estas horas, en esta pinche lluvia de mayo, tan lejos de tu Huautla de Jiménez, tu casa vuela hacia un Cinépolis de la calle Bucareli.

Soy maestro de secundaria y me vine acá a luchar, compañero –dices con certeza.

Entonces vuelves al sitio donde antes dormías. Por enésima vez, pones con paciencia los tubos, el mecate, las lonas. Levantas tu casa, Cristo, tu casa para los tiempos de lucha.