Fotos y texto: Lenny Manuel López Círigo 

Arturo García Álvarez es un joven de 28 años originario de la Ciudad de México. Tiene una mirada tranquila, como la de alguien que ha pasado ya por mucho y se encuentra cómodo en el lugar donde está. Mientras acomoda sus cosas en el pequeño cuarto de servicio que le sirve de camerino recuerda la primera vez que se presentó. Tenía 18 años, y aún no sabía muy bien lo que hacía, pero lo convencieron. Le dijeron que tenía el cuerpo y que seguro lo haría bien. “Ay no, iba todo mal arreglado, ahora que lo pienso me da vergüenza pero pues al público le gustó y a mi también”.

Ese día Arturo al sentir por primera vez el acalorado aplauso del público, supo que su vida no sería la misma. Algo en él cambió.

Al quitarse la ropa para comenzar a arreglarse, se puede ver el cuerpo delgado de Arturo, el cual, comienza a curvar con pedazos de espuma que dan más volumen a sus muslos, gluteos y pantorrillas. Con una media asegura estos pedazos de espuma en su lugar y con otra más gruesa vuelve a recubrir sus piernas para no evidenciar la pequeña cirugía. “Yo aprendí poco a poco a arreglarme solo, también porque hay pocos transformistas. La mayoría son trans y sí están todas operadas”, comenta mientras se mira al espejo y se asegura que está todo en su lugar.

En la Ciudad de México la mayoría de quienes se dedican a hacer shows de este tipo son mujeres o transgénero o transexuales, que se han sometido a cirugía plástica para acentuar los rasgos del sexo opuesto. Son pocos como él quienes gustan de ser hombres y toman la decisión de transformarse en mujeres frente a un público, volverse reinas de los escenarios. “Somos artistas, mi trabajo es mi pasión. Amo lo que hago, pero no quiero ser mujer”, aclara Arturo mientras coloca otra media, ahora para sujetar su cabello.

Para un momento y se mira al espejo. Respira. “Ahora sí comienza la transformación”. Es la hora de comenzar a poner el maquillaje. Con ayuda de un lápiz adhesivo pega sus cejas para después pasar una base de maquillaje que las oculte, para poder después rediseñarlas según el personaje de la noche. “Yo soy un transformista, yo lo que quiero es parecer mujer e imitar a otras mujeres, por lo general nos inspiramos en alguna artista”.

La diferencia entre un transformista y una Drag Queen es que esta última tiende a la exageración, con maquillajes cargados y vestuarios aparatosos. Una exageración de la feminidad. Y aunque las dos son manifestaciones artísticas, a Arturo no le gusta que lo confundan con las Drag Queens. “No, lo que ellas hacen forman parte de otro mundo, es otra cosa”, dice mientras maquilla sus ojos, ahora enmarcados con sus nuevas cejas.

El término transformista no es realmente muy utilizado, hay quienes lo denominarían simplemente travesti. Aunque este término está muy ligado a la comunidad trans y a alguien que lleva la vestimenta del sexo opuesto no necesariamente como medio de trabajo. Independientemente de los qués y los cómos, el por qué es lo más fácil de ver.

“Me llena, me hace feliz. Subirte, acaparar todas las miradas, dar un buen show. Y hasta  donde yo pueda llegar lo seguiré haciendo, así llegué, solo, porque amo lo que hago, pero más me amo por lo que soy”, dice sonriente y seguro de sí. Con delicadeza va contorneando su rostro, resaltando sus pómulos, delineando su boca. Poco a poco Arturo va desapareciendo y nace Annie Mattel.

Annie porque es fan de Anahí, la ex integrante del grupo Rebelde, y Mattel porque siempre le gustaron las Barbies. Desde chico sus papás lo supieron y siempre lo apoyaron. Ni él mismo cree a veces lo afortunado que es. “Sí, de hecho mi mamá me ayuda a hacer mis vestidos, lo cual es todo el tiempo y cuando me arreglo en casa mi papá me acompaña a tomar el taxi”, comenta satisfecho.

Como Annie Mattel ha tenido mucho éxito. El público disfruta su show y a sido invitado a diversos eventos alrededor del país. Siempre está la presión por parte de sus compañeras a hacerse una cirugía pero él sabe que es homosexual y esto no va cambiar. No obstante la línea difusa de su profesión le dificulta establecer relaciones con otros hombres. Desde que se dedica a ser transformista no ha tenido una pareja formal.

“Ellos no entienden que este es mi trabajo. Es parte de lo que soy, es mi vida, pero es una cosa aparte. Les da vergüenza decir que andan con una vestida”. Ahora Arturo peina su peluca antes de ponérsela. Su cara pinta tristeza, el último chico con el que salió al enterarse de su profesión desapareció como la gran mayoría. Las excusas él ya la conoce todas, hasta se ríe de ellas sarcásticamente.

“Sabes, todo el mundo habla de que las trans, las trans, pobrecitas de las trans pero nosotros también merecemos respeto. Damos nuestra vida a esta profesión”, dice fastidiado. “Todo el dinero que gano se va para hacer vestidos y mejorar mi producción para dar un buen show. Y bueno después no sé que voy a hacer pero quiero seguir dedicándome a esto. Quería abrir una escuela o algo”.

Arturo toma su peluca y se la acomoda frente al espejo. Después coloca un artefacto de plástico en su nariz aguileña para respingarla. Está listo. Sólo falta la ropa. Esta noche no hay un personaje específico, simplemente estará de edecán en la puerta del centro nocturno en que trabaja y después hará una interpretación de Britney Spears más a manera de improvisación.

Le pagan mensualmente por hacer shows cada fin de semana y estar de host cuando sea necesario. El recinto no paga por nada de lo que él gasta para arreglarse. Aún así Arturo siempre llega dos horas antes para montarse y se le ve sonriente ya sea estando en la entrada principal o alegrando la noche en el escenario. Este trabajo es lo que le llena de vida a pesar del poco apoyo que recibe por parte de sus empleadores.

“No es tampoco que no me quieran apoyar, simplemente tampoco hay mucho público, muchas veces somos quienes abrimos la noche antes de que salgan los gogos y a veces sí hay show nuestro pero no es como en otros países” comenta Arturo con pesar en la voz. Le gustaría poder vivir enteramente de esto, independizarse y dejar la casa de sus padres. Ser reconocido. Que hubiera más gente interesada en sus shows. Más oportunidades.

Por ahora, a pesar de saber de las dificultades y limitaciones del medio en que trabaja, el reto de Arturo es claro. “Aprender más, uno aprende siempre algo nuevo; también no estancarse, estar siempre buscando nueva inspiración y conseguir emocionar a la gente. Darlo todo. No quiero ser una más del montón”, dice mientras ajusta los últimos detalles de su atuendo.

“Una vez que estás travestido todo cambia, la forma de mover las manos, de sentarte, de caminar. Eres otra persona pero sigues siendo tú”, dice risueña Annie Mattel. Está lista para otro día más de trabajo. Mejor arreglada que el día que comenzó, pero con la misma pasión.