Para llegar a Miravalle hay que estar a las vivas. Al salir del metro en Santa Martha Acatitla, se agarra una micro que sube por unos largos minutos entre las calles empinadas y angostas de Iztapalapa. Una vez en la cima, se tiene una vista panorámica de la ciudad y, aunque seguimos en territorio citadino, las miradas de los habitantes de las altas tierras de Miravalle advierten que observes y toques con cuidado, pues aquella es su comunidad y tú no eres ningún vecino del barrio.

Guiados por los rostros y las curiosas pero dudosas voces de los peatones, llegamos al comedor público, donde conocimos a Sandy Bell Arias y Daniel Nava, integrantes de la Asamblea Comunitaria Miravalle. Ellos nos contaron la historia de esta colonia, que empezó a poblarse hace más de 30 años, donde había que secuestrar al chofer de las pipas de agua para que llegara este servicio a la comunidad y donde la población de la misma construyó su propio drenaje con ayuda de los militares. A falta de servicios, empleo, espacios recreativos y culturales, se vivía un grave escenario de inseguridad y violencia. Entre pequeños colectivos de personas que buscaban cambiar la situación en la colonia, surgió la Asamblea Comunitaria Miravalle hace más de 25 años.

El esfuerzo colectivo de los habitantes ha logrado recuperar espacios abandonados y acondicionar terrenos baldíos con el objetivo de tratar temas de salud, educación, cultura y medio ambiente. El fin es crear intereses propositivos que mejoren la calidad de vida para que la gente del barrio se involucre, creando una identidad y cultura central que fomente la educación desde varios ejes.

Calmécac es el nombre de uno de los proyectos de la Asamblea y trabaja desde una política completamente inclusiva, fomentando el desarrollo de la creatividad a través del dibujo, la música y la serigrafía. Este proyecto iba dirigido hacia jóvenes de escasos recursos que no tenían acceso a este tipo de actividades recreativas, pero a finales de 2015 Calmécac abrió sus puertas para jóvenes, adultos y personas de la tercera edad.

Otro proyecto importante dentro del colectivo ha sido el desarrollo de los huertos urbanos, en donde se imparten cursos sobre siembra, lombricompostas, cursos de arte con material reciclable y creación de macetas hechas con PET, entre otros. Además, utilizan botellas de plástico para hacer sus sistemas de sembrado y captación de agua de lluvia. Cada día llega un grupo distinto de niños de la Escuela de Maristas de Miravalle a trabajar los sembradíos que se tienen al aire libre. Mientras tanto, adultos y jóvenes se encargan de trabajar dentro de los dos invernaderos que ellos mismos han construido. El producto –que varía entre fresas, jitomate, cilantro, epazote, menta, acelga, rábano, lechuga y chile– se vende a la comunidad a un precio mucho más barato y se utiliza en la cocina de la Escuela Marista.

Cada proyecto de la Asamblea ha generado unidad entre los habitantes, la cual se percibe nada más bajarse de la micro. Los más beneficiados han sido los jóvenes y los niños, ya que al tener un sitio en donde todos pueden pertenecer se rompe la idea de la pandilla en pro de la delincuencia y se fomenta una convivencia grupal saludable y creativa donde se cambian los esquemas de comportamiento. Aunque Miravalle sigue siendo una colonia violenta, existe esta especie de oasis donde se ve un progreso hacia la armonía.