Por: Paula García
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Entre baches, desniveles por doquier y árboles que levantan banquetas, uno tiene que estarse a las vivas todo el tiempo para no caer en el tembloroso asfalto capitalino. Ahora imaginemos: ¿cómo viven esta situación las personas han perdido la capacidad de ver o han nacido sin ella?

En una ciudad como la nuestra, nos detenemos muy poco a pensar en las necesidades de estas personas, y es por eso que la Casa Hogar para Niñas Invidentes resulta un lugar tan especial, ya que es uno de los únicos espacios en la capital que atiende a este sector de la población.

La casa fue fundada por las hermanas dominicas de Santo Tomás de Aquino en 1965. La Madre Antonina, de 84 años, es quien dirige el hogar desde hace dos décadas. Con ayuda de la Hermana Paz y la Hermana Amalia, se ocupa de cubrir las necesidades de las niñas hasta que ellas deciden ser independientes.

Al llegar al albergue, la Madre Antonina nos recibió entre luces navideñas y comenzó a explicarnos cómo funcionan las dinámicas en la casa: “La gente siempre me pregunta cuáles son los requisitos para poder entrar a vivir en la casa, a lo que siempre respondo: que esté ciega; si no ve, esta es su casa”.

Por lo general, las niñas llegan entre los 4 y 6 años de edad desde Tamaulipas, Veracruz, Guerrero, Oaxaca, Michoacán y otros estados, para entrar a estudiar al Instituto Nacional para la Rehabilitación de Ciegos y Débiles Visuales. Sus familiares, quienes por lo general son personas de escasos recursos, las llevan al instituto, pero deben regresar a sus hogares de origen. Entonces las niñas se quedan viviendo en el albergue, y de esta manera pueden aprender el método braille y cursar la primaria para después integrarse a otro tipo de educación o trabajo según sus deseos y capacidades.

La Madre Antonina confiesa que cuando se le encomendó esta labor moría de miedo, y como cualquier persona que jamás ha vivido con invidentes, pensaba que la tarea sería de lo más complicado. “Las niñas son inteligentísimas, yo era la que me tropezaba con ellas en un principio, nomás las ve uno cómo corren y bajan las escaleras sin la menor preocupación”, dice la madre señalando los 15 escalones que dividen al primer piso del segundo, y entonces echa un grito: “Güera, ven para abajo”, y ya viene la güera bajando a toda velocidad, sin ninguna dificultad o miedo. Ella es Radhika Devidassy García, quien se presentó con nosotros diciendo: “Andar por la casa es muy fácil; son los lugares desconocidos los que son otro rollo”. Radhika tiene 18 años, toca la batería y llegó al albergue a los 6 años desde Matamoros, Tamaulipas.

La casa donde llegan a vivir más de 20 niñas ciegas es como cualquier otra; no se ven objetos especiales, y la Madre cuenta que lo único indispensable es tener un orden militar para acomodar todos los objetos. Si las cosas se dejan siempre en el mismo lugar, las niñas pueden hacer uso de la casa a la perfección utilizando el ejercicio de la memoria. “Por ejemplo, en la despensa ya saben que los primeros trapos son los de las tortillas, los segundos son los que usamos para secar las mesas y los terceros son los de la limpieza”. “Las chicas ayudan con todas las labores de la casa, ellas saben cocinar, trapear y hasta planchar; a veces se queman, pero uno también se quema ¿no?”.

Por las mañanas se van al instituto y por las tardes se mantienen ocupadas con clases de ballet, música e inglés que diversos maestros imparten voluntariamente. Al finalizar sus estudios, muchas comienzan a trabajar, otras se casan y luego vuelven de visita.

Aunque el ambiente de la casa es muy familiar y denota mucha alegría, las cosas no son fáciles para la Madre Antonina. “Cuando llegué hace todos esos años, me dijeron: ‘aquí no hay dinero ni para arreglar un bañoʼ. Fue entonces que me puse a hacer tamales y a vender café, y así poco a poco la gente nos fue conociendo y empezaron a participar con donaciones”. La casa se mantiene gracias a la ayuda de los “bienhechores”–como los llama la Madre–y del trabajo que hacen todos los días vendiendo cajeta, mermeladas y chipotles. “Es importante ponerse a trabajar. Acá las niñas ayudan también empaquetando; hay otras niñas que sus mamás han sacado del hogar y nomás me las encuentro pidiendo en el metro, a mí esto no me gusta nada porque ellas podrían estudiar, trabajar y salir adelante, son capaces”, explica convencida la Madre.

Antonina organizó el año pasado la primera reunión para las niñas que vivieron en el Hogar y cuenta que llegaron más de 40 mujeres ciegas que estuvieron en la Casa desde antes de que ella dirigiera el espacio. Relató que muchas llegaron contando experiencias en su vida como empresarias, sobre los viajes que han realizado y los estudios que han terminado, otras llegaron ya hasta con nietos.

“Para mí lo más grande ha sido poder convivir con ellas, yo siento que si no das algo para los demás, la vida está vacía, y uno puede hacerlo como madre aunque no lo sea de verdad”, dice Antonina, tan segura de sí misma como los pasos veloces de las niñas ciegas que recorren los pasillos y escaleras de la Casa Hogar para Niñas Invidentes.

Puedes apoyar a la Madre Antonina y a las niñas del albergue con donativos en especie o en efectivo. Informes en Av. Coyoacán 751, Col. del Valle, México D.F., o al teléfono: 5575-0617