Texto por María Portilla
Ilustración por Luis Safa

La Ciudad de México es para quienes espabilan; aquí hay que andar bien despiertos por las calles, tanto de día como de noche. Los que prefieran dormir en paz absoluta, mejor que se vayan al suburbio, porque esta ciudad jamás se calla.

Personalmente, me encanta la ciudad de noche: siempre hay algo abierto, siempre está pasando algo; quien se aburre de noche es porque quiere. Hay que atreverse a caminarla en su opacidad, solo así es posible entender todas sus caras. De noche las calles de la ciudad se escuchan, se sienten y huelen diferente.

La noche llega de la mano del misterio inevitable. Las horas del día casi siempre están planeadas, mientras que por la noche todo es posibilidad. Vivir de noche trae consigo opciones diversas pero coincidentes: la búsqueda de diversión, el deseo de adentrarse en lo desconocido, el riesgo, la avidez y el relajo. En contraste, la oscuridad también es sinónimo de intimidad, de tranquilidad, de volver a casa. Para muchos, la noche significa simplemente el comienzo de la jornada laboral.

Me intrigan los turnos de noche y la gente que los logra sobrellevar. La edición más reciente de Mi Valedor fue dedicada a aquellos valientes que duermen de día para mantener vivo al defectuoso por las noches: son ellos quienes cuidan el fuego para que quienes dormimos no lo encontremos apagado al día siguiente.