Texto: Julián Woodside
Foto: Tonatiuh Cabello

Siempre que una sociedad imagina el futuro lo proyecta a partir de anhelos –utopías– o temores –distopías– que vive en el presente. Sónicamente se suele representar lo utópico con diseños sonoros minimalistas, naturales u orgánicos, mientras que lo distópico se relaciona con el ruido, la saturación y la deshumanización. ¿Qué pasa cuando el espacio que se habita, en este caso la Ciudad de México, encarna durante décadas, y como consecuencia de una descontrolada urbanización, paisajes sonoros que remiten constantemente a los valores de lo distópico? Deja de ser ficción, pero también invita a la imaginación.

Literatura, cine, radio, televisión, música y arquitectura ofrecieron a lo largo del siglo XX infinidad de expresiones que materializaron los anhelos futuristas de la sociedad mexicana. Sin duda influyó la idea de modernización desarrollada entre 1940 y 1970, legado del “Desarrollo estabilizador”, modelo económico que implicó una fuerte urbanización y mediatización de la capital. Pero también tuvo mucho que ver el auge de estéticas y narrativas vinculadas a la ciencia ficción.

El Jazz y otros estilos ya apelaban a la modernización desde la década de los veinte. Sin embargo, la transición del Bolero y los Tríos al Rock & Roll, a mediados de siglo XX, abrieron paso a todo un imaginario musical que muchas veces tuvo tintes futuristas, sobre todo en la música Disco y ciertos exponentes de Rock progresivo, Hi-NRG, Pop y Synth Pop / Rock.[1] Por eso no es fortuita la crítica que hace Luis Buñuel al Rock en Simón del desierto (1965), pues para él dicho estilo representaba lo decadente, mientras que para otros implicaba un horizonte promisorio y dinámico (algo que en su momento pasó con la llegada del Jazz a México).

Si bien la música electroacústica y la experimentación sonora podrían relacionarse con este tema por el uso de diversas tecnologías,[2] en realidad donde más se hizo evidente un futurismo sonoro fue en las cintas de ciencia ficción, así como en la música y efectos de sonido utilizados en programas de televisión como Odisea burbujas. Fue así que, desde los cuarenta y hasta mediados de los ochenta, se consolidó un imaginario sónicamente futurista, definido en parte por la idea de modernización urbana, pero también por diversas obras de ciencia ficción.

Del “Space age pop” de Juan García Esquivel y los ingenieros de sonido de las películas de El Santo, al baile espacial de Raquel Welch frente a las esculturas de la Ruta de la Amistad en 1968, pasando por la “tecnologización” de varios artistas Pop y Rock durante los ochenta y noventa, y el boom de la Electrónica de finales de siglo, el futurismo mexicano se ha representado de múltiples formas. Sin embargo, ¿se podría hablar de un retrofuturismo musical? Los dosmiles se han caracterizado por la revaloración y surgimiento en la capital de diversas escenas y artistas de Post-punk, New Wave, Dark Wave, Chiptune, Cumbia futurista y Retro pop que podrían catalogarse como retrofuturistas. Además, están los discos Retrofuturismo (2015) de Blazko Scaniglia, y Le Pop Dangereux vol. 5. #Nostalgiaporelfuturo (2017) de The Dragulas, por mencionar algunos ejemplos. Cada uno ha retomado, a su manera, futurismos del pasado.

Toda sociedad anhela o teme en presente. En el proceso imagina futuros, pero también voltea a aquellos imaginados en el pasado, ya sea para recriminar promesas incumplidas o para evadirse mediante la nostalgia. Pero al final, como dice la canción “FVTVRO” de Café Tacvba, “el futuro es hoy”.

[1] La compilación Backup. Expediente Tecno Pop (2005), de AT-AT Records, es una buena forma de acercarse a varios de los exponentes de este estilo musical.
[2] Recomiendo revisar la compilación México Electroacústico [1960-2007] (2008), editada por Manuel Rocha Iturbide, así como el libro Variación de voltaje (2014) de Carlos Prieto y los contenidos de la exposición Modos de oír: prácticas de arte y sonido en México, inaugurada de manera conjunta por Ex Teresa Arte Actual y Laboratorio Arte Alameda a finales de 2018.

Julián Woodside (México, 1982). Académico, ensayista y “ociólogo”, disfruta de investigar cuestiones que, en su aparente irrelevancia, definen mucho sobre la vida contemporánea.