Texto: Emilio Hinojosa Carrión
Foto: Delphine Tomes

De la música prehispánica se sabe muy poco. Se tienen vestigios pictóricos, códices y algunos testimonios de los cronistas de la Nueva España; sin embargo, no tenemos idea de cuál era la sonoridad de los instrumentos que se han encontrado. La mayoría de ellos creemos que son instrumentos de percusión y de viento, pero no sabemos a ciencia cierta si se trata de instrumentos o de objetos de otra índole. Lo que sí podemos decir con certeza es que no eran usados de la manera en la que los vemos ahora: bailables con cascabeles y ritmos ternarios, danzas que provienen de una concepción corporal más que musical. Los instrumentos que conocemos se conforman de “tonos” discretos, como si su interés no fueran las relaciones precisas de tonos, e intuimos que eran para acompañar ceremonias y otros eventos religiosos de cuyo aspecto “musical” no encontramos rastro.

Los instrumentos prehispánicos tienen ciertas particularidades. Para empezar, en su mayoría son de una sola pieza, sin aditamentos, ni decorados. ¿No habrán querido ser otra cosa? ¿No será que debemos pensarlos como objetos de otra naturaleza? De una sencillez absoluta, se nutren de los sonidos que ofrecen sus materiales, de sus colores específicos, dejándolos ser ellos mismos. Su forma de sonar es la devoción al material mismo: a la madera, al barro, al cuero.

Pensemos, por ejemplo, en la pieza de Carlos Chávez: Xochipilli Macuilxóchitl, una música azteca imaginaria. Así como en el caso de Chávez, hay un buen número de agrupaciones y compositores que trabajan con esa idea inalcanzable de lo que llamamos “música prehispánica”. Es posible imaginar la música prehispánica y no hacerla parte de una certeza. Quizá podemos verla como una naturaleza muerta: un retrato de concheros danzantes bailando una coreografía saltarina y burda, con máscaras de polímero con forma de esqueletos, con trajes coloridos y cuerpos bronceados por la inclemencia del sol; las fotografías de los turistas con los “ancestros” imaginarios. Es nuestra vida cotidiana, un negocio, una religión y una manera de reconocerse como mexicanos, de vencer a los gachupines con capitalismo puro e histérico.

La música prehispánica no era así, sin duda. Pero más allá de que los concheros en el Zócalo se hayan vuelto un atractivo turístico, se pueden pensar como una serie de cuerpos puestos en una explanada, a punto de descomponerse, en ese desorden armonioso que hay en las culturas que ven hacia el futuro. ¿Qué son los concheros sino unos futuristas al estilo de Hugo Ball? Frutas y animales extintos: es la celebración de los pájaros dodos, las guayas de los Alpes, los plátanos de antes…

Finalmente, escuchar lo que pasa en el Zócalo capitalino (por poner un ejemplo) se ha vuelto un paisaje, esta supuesta música prehispánica que es parte de nuestra identidad sonora. ¿Son estos eventos fallidos, errados y espantosos? Eso es lo de menos, ofrecen una serie de objetos que contribuyen a soñar la naturaleza muerta de la sonoridad mexicana.


Emilio Hinojosa Carrión (Ciudad de México 1984). Compositor y artista sonoro, estudió en el conservatorio Tchaikovsky. Trabaja con archivos de música religiosa y en colaboración con artistas visuales. Forma parte del proyecto www.vanosonoro.com