Mi llegada al albergue fue algo imprevisto. Estuve viviendo en Cuernavaca, cuidando a mi mamá y trabajando; los hermanos siempre me ayudaban. Pero ya no quería depender demasiado de la familia. Me dedicaba a ellos y no vivía mi vida. Entonces, hace cuatro años, vinimos con mi mamá y una hermana a celebrar las fiestas al D.F. Mi mamá se regresó y, por azares del destino, yo no pude. Ahora estoy viviendo la vida como sea, pero la estoy viviendo. Dentro del albergue he aprendido a valorarme y a impulsarme como ser humano.

A través de la revista de Mi Valedor he aprendido más, como cómo convivir con muchas personas. No es fácil porque yo soy muy tímido, pero se me va quitando. También tengo la suerte de ir rompiendo mis récords de venta. Una vez recuerdo haber vendido 15 revistas en media hora. En los talleres he podido reforzar mis conocimientos, como el tejido; yo pensé que el tejido era solo con ganchos, pero no, ¡a tejer con los dedos!

Ahorrar me ha ayudado. Yo había vendido antes y me iba bien, pero ese dinero se iba en las fiestas. Nunca pensé en ahorrar… nunca pensamos en el mañana. Hay que tener disciplina como los japoneses.

En el futuro quiero estar estable emocionalmente, y también del riñón y del corazón porque he tenido complicaciones. Quisiera tener una casa, un auto y mi propio negocio para poder compartir con mis compañeros. Ojalá que fuera muy pronto, pero va a tardar. Mi Valedor me encamina hacia eso, porque me enseña a valorarme más a mí mismo y a la gente.

Yo era de esos que no valoraba mucho a las personas de la calle. He aprendido mucho de los compañeros aquí, porque antes yo vivía en una sociedad demasiado estable. Ellos sí han sufrido la situación de calle, el frío, y luego la gente que les llega a golpear o hasta matar.

Yo diría que comprar la revista es una ayuda para todos, es una ayuda mutua, y no es cualquier revista.