Texto: Isaías Pérez
Foto: Archivo MV

Empecé a tomar cuando tenía ocho años. En mi pueblo natal de Michoacán, mis abuelos tenían una destiladora de charanda. Yo veía cómo mi abuelo probaba la charanda y se reía: me daba mucha curiosidad. Me la ingenié la primera vez porque en una revista de Memín Pingüín vi una caricatura donde robó una aguja para coser de su mamá y le hizo un agujero a una barrica (pero esa contenía leche). Le metió una manguerita y se robaba la leche para comerse su pan. Esa idea se me vino a la cabeza para probar el alcohol. Pensé: “Voy a sentirme igual que mi abuelo, voy a reírme, voy a bailar”, pero grata fue mi sorpresa cuando no… ¡me puse bien mal! Pero mi abuelita le empezó a decir a mi abuelo: “Mira, tu hijo ya se convirtió en hombre, ya es su primera borrachera” y vi que era algo agradable para ellos, y lejos de sentir miedo o terror, pensé que estaba bien.

A los 13 años conocí a mis verdaderos padres: fue un cambio radical de vivir en provincia a vivir en la Ciudad de México, con nueve hermanos que no conocía, y un padre autoritario –era militar, y yo siempre fui un rebelde sin causa. Dejé de estudiar y me salí de la casa a los 17 años. A los 20 años me casé, no por enamorado sino para tapar la soledad. Duré trabajando casi 20 años en Liverpool y mi vida fue económicamente estable. Fui encargado del restaurante, realicé mis estudios de gastronomía y nutrición en la UNAM, pero por mi alcoholismo todo se perdió. Me quedé sin trabajo y sin familia.

A mí me invitó Erasmo de Mi Valedor. Ya no estaba tomando mucho, y necesitaba dinero. Cuando me enseñaron la revista en la capacitación, me sorprendí: salgo en la página 36 de la edición 17, Cosmópolis –en mi vida pasada cuando vivía en la calle.

Llegué a un taller y me gustó. Ya tenía tiempo pensando en ideas destructivas: cómo conseguir dinero fácilmente, hacer las cosas rápido sin esfuerzo; nunca llegué a pensar que si quieres conseguir algo, tienes que esforzarte. Me cuesta aceptar que en un tiempo viví muy equivocado, me he estado educando a una nueva vida.

Ha aumentado mucho mi confianza, siempre fui muy tímido. Antes me animaba a vender cosas o pedir dinero pero era bajo los efectos de alguna sustancia. Ahora estar sobrio no se me ha dificultado. Es gracias al taller de radio, a través de los ejercicios de locución, que me enseñaron a expresarme tranquilamente.

Ya no vivo en la calle: fui adoptado por una familia que sin conocerme me brindaron su confianza. Ha cambiado mucho mi perspectiva; ahora vivo con un propósito. Uno de mis proyectos próximos es tener mi propio restaurante con comida típica del estado de Michoacán: las carnitas, las corundas, el pozole batido, los uchepos… Me gustaría mucho darles las gracias –antes que nada a Dios porque estoy con vida– a los brothers de CCC (Centro Cristiano Caracuaya), y a la revista Mi Valedor.