Nací en la Colonia Argentina, por Tacuba. Fui el quinto de una familia de 11 hermanos. Nuestra mamá me enseñó cómo debía ser. Aunque ella era analfabeta, tenía conocimiento de la vida y eso mismo me lo transmitía. Yo quise salir a los 13 para no ser un huevón. Mi papá nos dejó y había que trabajar para comprar un pan, un kilo de tortillas. Pero me gustaba merodear; al final, me hice alcohólico con mis amigos de la escuela y de la calle. Era una persona que no tenía ni voz ni voto: no valía nada.

A pesar del alcoholismo, soy una persona que le gusta trabajar. Y mi mamá me lo dijo: “Un huevón y un ratero, solamente en la cárcel vive. Tienes que ser honrado contigo mismo y con la gente”. He trabajado en muchas cosas: soy plomero, herrero, albañil, mecánico… ¡Sí! ¡Mil usos! Pero a veces me han explotado, y he dicho “Esto no me conviene”. Yo soy importante para mí. Trabajo con honradez y lo demuestro con hechos.

Ahora tengo el gran apoyo de los valedores, con quienes comparto mis experiencias, mi forma de ser y de pensar. Pancho me pasó el mensaje, y luego llegué a Mi Valedor. Me dio pena cuando aquí me dijeron: “Oye, échate un bañito”, pero era una motivación. Entonces les agradezco, porque son esas cosas que lo empujan a uno a vivir. Y si alguien me ayuda, no me tomo de mal servido.

A mí me está funcionando esto de Mi Valedor. Me están dando un trabajo, tengo ocupación mental y física para no andar bebiendo, para no andar de vago o de holgazán. El otro día me encontré con amigos muy dañados, unos alcohólicos, y me invitaron a beber, ¡pero no quise! Saqué una moneda de lo que gané en Mi Valedor y me compré un litro de leche y un pan, ¡eso es un cambio!

Quiero agradecer a la gente que me ha ayudado y apoyado. Tengo 64 años. Me siento a gusto haciendo una labor social para la comunidad. Eso me agrada. En eso hay que echarle ganas al trabajo y a la vida, en el tiempo que Dios nos da de vida, y no en el alcohol. Porque la cuestión es salir adelante: no estancarse; tener otra forma de vivir.