Desde los cinco años empecé a trabajar. Vivía sola con mi abuelita; mi tío era artista y mi mamá se casó con uno que no era de aquí, entonces andaban de viaje. A mi abuela la atropellaron y no podía caminar. Mi tío de vez en cuando mandaba dinero, y yo me salía a lavar los trastes de los vecinos y los de una panadería en Tepito.

Mi situación no es de calle: la mía es de suicidio. Desde chiquita yo quería encontrar la forma más rápida para dejar de sufrir. Mi mamá me sigue despreciando, rechazando y tengo complicaciones para sacar mis papeles. Es frustrante. Yo trabajé en el aeropuerto y en varias fábricas, y cuando viví en los EE.UU. ganaba mucho más en dólares.

Ahorita estoy enfocada en no deprimirme. Cuando ya no puedo, me meto abajo de un puesto, un árbol, buscando la forma de mantenerme hundida, en la nada. Pero aquí está Mi Valedor firme, ya tenemos otra opción: estar concentrados en la edificación propia. Conocí a las valedoras en un comedor. Tienen el valor para acercarse a personas mal encaradas; a lo mejor las más mal encaradas pueden ser las más buenas, ¿no?

Llegas aquí y no necesitas invertir dinero, no hay pretexto. Publicaron mi nota en el volumen 10, la vendí a la segunda persona que vi y luego luego vine para comprar más revistas, y de ahí más y más. Ya sé que tengo que apartar aunque sean $10 pesos para venir y comprar dos revistas. Siempre aprendo algo nuevo y me pongo las pilas. Cuando me da pa’ bajo me voy caminando como zombie, voy a buscar a gente perdida. Por eso, los talleres de los martes y jueves son de mucha ayuda, vengo pa’ cá y ya no me desvío.

La gente escucha mi historia y se estremece. Algunos no tienen para comprar, pero lo agradezco de corazón. Lo importante es que el mensaje camine distancias y dimensiones. A mí me cerraron las puertas, pero ya no. Estoy agradecida con Dios y con Mi Valedor: sí puede haber un cambio.