Siempre tuve el apoyo de mis padres. Mi papá nos dio todo lo que necesitábamos, siempre trató de que fuéramos alguien. Desde los 14 años, fui vendedor de calle; vendía discos de boleros, de salsa, de los Beatles, de los Panchos… Visité Veracruz, Aguascalientes y la Feria de San Marcos. Veía la vida como una cosa completamente grandísima, con movimiento. Era una persona ambiciosa.

A los 18 años andaba con gente mayor que yo en los callejones de Tenochtitlán. No le di importancia a estudiar ni aprender un oficio. Llegué a la calle por situaciones de vicio, sobre todo el alcohol, y me alejé de mi familia. A los 23 años me vi involucrado en un robo y terminé en un reclusorio. Perdí a mi compañera, con la cual me había matrimoniado. Salí de ahí, me habitué: andaba fuera, dentro, fuera, dentro…

Llevo años patinando en la calle, digo patinando porque nunca pude establecerme después de perder a mi compañera. Anduve “pepenando”, recogiendo lo que encontraba a manera de sacar una moneda. Desafortunadamente, seguía hundido en el vicio. De 2012 para acá me he sentido inadaptado en la sociedad. Me siento señalado por mis tatuajes: fichado y marcado internacionalmente.

Dentro de Mi Valedor siento lo que es ser una persona normal. Está regresando la seguridad en mí mismo. El chaleco y el gafete me permiten identificarme con los demás. Intento llevar a cabo todo esto de forma muy intelectual. A veces me cuesta vender la revista, pero ando conociendo nuevas calles, personas y cosas de la ciudad.

Quiero crecer dentro de la revista; me dieron la oportunidad sin papeles. He pasado muchos años sin un empleo estable. No robo y me han acusado por mi apariencia callejera. Me frustra tanto eso… En el futuro, me gustaría regresar a Yautepec, Morelos. Estaría dentro de mi propia casa, barriendo y todo: me gustaría ser hombre de familia, de casa. Yo así sueño a veces.