Gabriel Macotela
Visita y conversación

Él entiende bien sobre los espacios y sus humores. Su obra refleja la clara relación que sostiene con el mundo y sus planos: la ciudad, el caos, la estructura, la arquitectura, la deconstrucción. Todo lo que hace y dice, sabe a lugar. Nació en Guadalajara en 1954, y perteneció al Grupo SUMA; en 1977 fundó Cocina Ediciones y en 1985 la librería El Archivero. Es un artista de clara vocación plástica, muy comprometido con el tiempo y las emociones. Vive en la colonia Roma.

Torito, Mía, Piporro y Pitaya nos reciben con ladridos cariñosos y colas agitadas. Gabriel se sienta y nos invita un vino tinto. Son las 18:43, en la calle Querétaro. Llueve un poco.

Aquí me agarró el temblor; aquí en la colonia Roma. No aquí en esta casa. Fue cuando vivía con Yani, en una casita de la calle Frontera. Los edificios se vinieron abajo. Sí, recuerdo el edificio donde vivía ese cuerazo de chava, la que era prosti de políticos. También se derrumbó y ahí murió. Murieron muchos en esta colonia, nadie sabe el número exacto. Yo ya tengo 35 años aquí, y soy testigo de aquel antes y este después.

Gabriel es un artista. Su vida es una intensa práctica de la humanidad en la que él cree; una donde todo parte de los sentimientos, donde los animales son felices y el arte es una irremediable conclusión de todo lo anterior.

Siempre fui muy de aquí, de la Roma, desde que era barrio. Pero con el temblor se abandonó la Roma. La gente se aferra al miedo. El miedo saqueó la colonia, todo el mundo vendió sus casas; estaba abandonada, jodida, horrible. El ejército había tomado la colonia, asaltaban las casas porque mucha gente se salió, y cercaron todo para rescatar a la gente de los edificios. Me acuerdo.

La mirada de un artista siempre ofrece alternativas conceptuales para la realidad. Sin ellos, nos perderíamos en las aburridas formas de lo tradicional.

El temblor permitió otras cosas. Nosotros abrimos la librería El Archivero en una casa antigua y olvidada, tomada por nosotros, de ocupas. Había muchas casas así. Sí, diez años de ocupas en Tabasco y Frontera. Ahí está todavía…

Estaba abandonada, así que nos metimos y la hicimos la primera librería de “arte-objeto” entre Armando Sáenz, Yani Pecanins y yo. Hacíamos muchas exposiciones, y mucho de eso formó parte de una donación para el Museo Carrillo Gil, y la colección de Toledo en Oaxaca para el IAGO. Exponíamos todos los de mi generación. Exponíamos onda muy dadá.

Hicimos más de 20 exposiciones en El Archivero. Marcos Curtix, Felipe Ehrenberg, los Castro Leñero, Marta Elión… Una vez invitamos a Octavio Paz porque le hicimos un homenaje a Vicente Rojo basándonos en sus libros, en sus portadas. Diez años después, llegaron los papeles de la casa con su dueño y nos tuvimos que salir.

El arte también es sujeto de extinción, porque depende de la interpretación y del pensamiento actual. Es así que podemos comprender el pasado, a través de los artistas y sus ideas.

Cada que recojo pinceles del suelo me pregunto: “¿cuánto rato llevaban ahí?”. El polvo me lo descubre. Me acuerdo de los miles de changarros en la colonia; hoy son bares en su mayoría. El señor de los pianos, que llevaba 40 años reparándolos, ahora ya se fue para convertirse en un local de moda. Las rentas, las jodidas rentas…, esas son las cosas horribles que le pasaron a la Roma. Pero bueno, esta es la realidad y todos la aceptamos. Las cosas como son.

La Roma ahora es la nueva Condesa. Donde antes había carpinterías, herrerías, changarritos, tienditas de barrio, de pueblo, ahora está lleno de antros, bares, restaurantes… Y hay unas cosas padres, obviamente. Uno cambia; es inevitable que una ciudad cambie, todos los barrios cambian. Todo cambia.

Me acuerdo de las reuniones, ya no se hacen. Yo iba mucho a la Romita. Los de ahí tenían fama de vagos. Había muchas casas de citas también, aquí a la vuelta había tres. El barrio se llenó de pintores y escritores. Se extinguieron todos esos “changarritos”.

Macotela piensa como sus pinturas: con estructura emocional y orden fugaz. Su gato apareció de repente, ni sabía que tenía un gato.

La extinción y la renovación es una tendencia natural de las metrópolis. Hay de todo, la gente vive de todo y como puede, y esto no será ni es solamente una consecuencia para la colonia Roma.

Tiempo después fundamos el Faro de Oriente en Iztapalapa. Ahí estaba el edificio de Kalach; buena arquitectura, en obra negra. Hicimos una escuela de artes y la echamos a andar. Mis alumnos eran puros chavos banda (en esa época no había toda esta matazón). Hacían cosas increíbles, escultura en metal y otras cosas.

El Faro era independiente, hasta que entró el PRD y valió madres, se lo agandallaron. Eso es una extinción: era un proyecto limpio, con una idea social fuerte y con enseñanza, lo hacíamos por cariño. Se institucionalizó y entró la corrupción.

Hoy la situación del arte es más compleja y delicada. El esnobismo en el arte contemporáneo es un tema larguísimo; el arte se ha sofisticado, es un gran negocio. Ya no sabes quién es más importante: si el curador, el artista o el comprador. Ya no quieren pintar, ni dibujar. Figurativos académicos, la enseñanza se extinguió, el rigor en la enseñanza, la sección áurea, la perfección… El arquitecto ya no dibuja, el artista ya no hace. Todo se imprime. Es una cuestión de mercadotecnia.

Se apagaron los hijos de la ruptura, nuestra generación. Hay un Boris Viskin, un Daniel Lezama debajo de nosotros, pero sí se extinguió esto de “la generación”. El arte se volvió muy despolitizado; hay un compromiso extinto. Nosotros en SUMA éramos políticos, nos manifestábamos con nuestro trabajo artístico. Sin embargo, la pintura y el dibujo nunca van a desaparecer, aunque se haga menos, nunca se extinguirán la escritura, la poesía, la danza, la música, la filosofía.

La extinción es un proceso. La permitimos porque, tal vez, la necesitamos. Digo yo.

Ya es hora de comer algo más que cacahuates. Buenas noches.