Texto por Isabel Hernández
@isabeu

Rosa y yo éramos las encargadas de la panadería en el convento. Nos despertábamos a las cinco de la mañana para poner a fermentar la masa y tener el desayuno listo a las ocho en punto. También éramos las encargadas de hacer el café y de calentar agua para el té. Hacíamos conchas, pan de nata, pan de muerto con azar y rosca de Reyes, llena de muñequitos. Ya casi rodábamos, en lugar de caminar.

Siempre fuimos uña y mugre. Rara vez salíamos a convivir en las horas libres y, desde siempre, nos molestaban e inventaban historias, sobre todo Angélica. Esa flacucha disque inocente era más gato que liebre y no nos quitaba el ojo de encima la muy desgraciada, esperando encontrar algún pretexto para acusarnos con la superiora o meternos el pie.

Rosa últimamente andaba muy soñadora, con sus ideas de irse con su primo Mario a Ciudad del Carmen a abrir una panadería, amanecer con la brisa y no tenerle que ver la cara a estas víboras come pan. Me contaba sus sueños, sus anhelos, y se le iluminaba la carita cachetona al hacerlo; yo pensé que todo quedaría en eso, en un simple sueño que en unos meses se le pasaría y volvería a cernir la harina con sus ganas de siempre, en lugar de verla desguanzada y pálida.

El siguiente viernes, terminando de servir el desayuno, se le ocurrió a Angélica aparecerse en mi cocina recién trapeada. Ahí estaba, el frijol en el arroz, manchando mi piso con sus patotas llenas de tierra del patio. “Gorditas, ¿ya ni el café pueden hacer bien? Está tan amargo que lo tuve que escupir”, me dice la muy dientona. Volteé a ver a Rosa; estaba roja como tomate y escondió la cara mientras trataba de decirme algo con los ojos. Me hirvió la sangre y, por fin, por primera vez en mi vida, perdí el control. Agarré a Angélica de los pelos y la arrastré hasta la despensa, le metí la cara en la masa madre y la harina le entró por las orejas mientras le gritaba que se encontrara a alguien más a quien humillar por aquí, que ya había estado bueno. Jalé a Rosa del brazo y corrimos hasta nuestro cuarto. Le dije que agarrara todas sus cosas: nos íbamos. Todo mundo seguía terminando de recoger el comedor, así que era ahora o nunca.

Entré a la oficina de la Madre Estela por las llaves de la camioneta y, sin voltear atrás, nos arrancamos y hasta las llantas derraparon. Después de un largo silencio, reímos tanto que nos dolió la panza. Manejamos hasta Ciudad del Carmen. Ya son seis años que Rosa tiene la panadería. Yo estuve ahí un rato, pero el calor terminó por correrme y ahora trabajo en la Central de Abastos, vendiendo mangos.


Isabel Hernández Cordero
Heladera de corazón, corazón de pollo. Bailarina frustrada, escritora de clóset, fanática de la música y amante de los animales. Chef en su tiempo libre e irremediablemente mal encarada.