Por Delphine Tomes
@dellephants

Dicen que el sueño es el último territorio liberado. Siendo el caso, este joven se encuentra echando un coyotito bajo el sol implacable de Acapulco. El defeño sabe darle la vuelta a las cosas y salirse con la suya: aquí le tocó vivir, pero con harta visión.

Imaginen que pudieran ir a donde esos sueños con la misma convicción del joven, plácido en este idílico basurero, rodeado por esta abundancia citadina de flora y fauna. Los vecinos bien a gusto bajo una sombrilla, viendo el tiempo pasar nomás. El mar extendiéndose hacia el horizonte, resplandeciente. Se siente la brisa marina. Se ha instalado sobre el cochambre como si hubiera sido hecho para instalarse ahí, dándose una siesta digna de una hamaca en Barra Vieja; ahí no hay basura que recoger.

El defeño ha construido todas las herramientas necesarias para adaptarse a esta ciudad. Esta vuelta de tuerca constante que busca el chilango es quizá la última muralla frente a las reglas absurdas, la burocracia eterna, el torrente de cuerpos, el despapaye total. Pareciera que ninguna regla fue hecha para tomarla en serio; ni las leyes de la naturaleza impidieron el drenaje de lagos enteros, o la colocación de playas en el concreto sofocante del Zócalo. Aquí se construye la alegría dulcemente artificial bajo sus propias leyes.

No hay resistencia más efectiva que el “ahorita”, y el joven del basurero lo sabe. Tan característica de la armonía costeña, se trata de otra invención bien aplicada por el defeño para negar esa recurrente urgencia de la megalópolis. El capitalino afirma tener prisa, pero nunca llegará a tiempo. “Ahorita” es la tropicalización del tiempo: ¿son tres minutos, tres semanas o tres años?

¿Será un huevón el joven del basurero? Qué sé yo. Pero la naturaleza es la suma del organismo y su entorno, y al final esa naturaleza nos da forma. Tal vez nos conviene seguir soñando con un sitio paradisiaco entre el progreso y el desmadre, antes de que realmente nos vuelva defectuosos.