Texto de: José Santillán

Estamos en “La Lupita”, iglesia cerca de Tacuba. Al escuchar el “tan-tan-tan” de las campanas corrimos hacia los fuegos artificiales; se escuchaban los pasos como agigantados, como si la gente trajera puestos unos zapatotes, y susurraban cerca las respiraciones agitadas de los espectadores. Un chirrido sonó al prender la mecha del “torito” que un individuo delgado cargaba en la espalda, empezó a correr esparciendo el olor a pólvora, iluminando la noche con el intenso brillo de las chispas. Sobre las luces y los chirradores se escuchaba: “Córrele, córrele, no te vayas a caer”. Este torito nunca padecerá el azote de los bueyes. ¡La Garrapata! La vida del fuego artificial fue corta, como la luz de las luciérnagas.

Día y noche escuchamos ruidos en esta ciudad. Tomando en cuenta el estado de ánimo, el sonido puede ser desagradable o puede que tenga una dosis de algarabía que emociona. La gama es extensa: “Tamaaaales”, “El aguaaa”, el tu-ru-rú-tu-ru-rú que advierte que ya llega el metro, y aquel silbido agudo que alerta que o te subes o te bajas.

El claxon utilizado en exceso pretende recordarnos a nuestra madre con su tata-ta-tata- ta-tá. La voz amable de María del Mar Terrones con su “Se cooompran colchones”. Recuerdo también el canto de los miles de pájaros en Domingo de Ramos, en la peregrinación a la Basílica. Se escuchan los amaneceres a través de mi respiración, de mis pasos y el canto de las aves que recuerdan a los cenzontles, jilgueros y canarios que habitan las iglesias.

Quiero seguir apreciando los sonidos que dan alegría y armonía; los que evocan al sonido del silencio, como el aleteo de un colibrí, una lluvia de estrellas y las voces de los seres queridos que ya no están con nosotros.


José Santillán (Guanajuato, México, 1956)
Caminero, molero, observador, callado, normativo, con la música por dentro. Valedor desde noviembre 2015.