Por Diego Puig

La sacaron de patitas a la calle con todo y mueble. Al principio quiso creer que la pusieron ahí para que hiciera de la banqueta un cuarto de tele abierto a todo el público, para que los transeúntes detuvieran su camino y la miraran. Pero luego se reflejó en una cámara y se dio cuenta de que ya nada es lo mismo: es una Sony más que viejita, el mueble está raquítico, no está plana y encima tiene caja, imposible aguantar el apagón analógico. Ya está más pa’ allá, que pa’ acá; ya nunca más va a poder transmitir un partido de la Selección. Sólo entonces, aterrorizada, recordó la voz. La voz de aquella muchacha que todos los días –pero sin horario fijo– irrumpe destruyendo el silencio pacífico de la cuadra, del barrio, de la ciudad. La voz maldita que compra el fierro viejo que vendan. Supo, no sin angustia, que más tarde ese día llegaría la voz invadiendo toda privacidad, y entendió el destino que le esperaba: un aberrante exilio, un eterno recorrer por la ciudad, junto a tambores, colchones, lavadoras, refrigeradores, microondas…


Diego Puig
Estudiante de filosofía. Está convencido de que esta ciudad es menos insoportable cuando se lee sobre ella.