Texto: María Elena García Mendoza
Foto: Sonia Madrigal

Por un momento pensé que escribir unas líneas sobre el tema del futuro sería cosa fácil, y de pronto me vi varias horas frente a la computadora escribiendo y borrando frases. Así se pasaron varios días hasta que hoy comprendí por qué hablar del futuro me fue tan difícil: pasé el tiempo girando la reflexión en torno a mi futuro, o a mi perspectiva del futuro, pero mi futuro no es el tema que interesa aquí. Entonces traté de recordar testimonios de personas sin hogar que me hubiesen compartido sobre el tema a lo largo de mi vida como trabajadora social.

Así recordé a Saúl, un hombre de 39 años que dormía cada noche afuera de la TAPO o del metro San Lázaro, hacía mucho ejercicio en las barras de los parques de la zona y fumaba marihuana buena parte del día. Llevaba viviendo de esta manera unos 19 años. Una tarde, estábamos platicando en las escaleras de la TAPO y me dijo:

Elenita, ni te imaginas lo que es vivir en la calle; es muy cansado, es más cansado que ser una persona normal, de casa. Yo todo el día estoy cansado, lo que más extraño ahora que vivo acá es dormir rico, tiene muchos años que no duermo rico.

Vivir en la calle es cansado porque duermes después de las 5:00 de la mañana cuando ya hay gente en la calle, te paras a las 12:00 o 1:00 de la tarde todavía con sueño y luego luego te entra el estrés porque hay que moverse rápido para conseguir de desayunar; y cuando ya desayunas, rápido te tienes que movilizar para buscar la comida y así se te va la tarde en chinga, cuando ya comes, tienes que ver dónde te vas a acomodar a dormir esa noche; si te da sed o si te vas a echar un baño en algún lado o a cambiarte de ropa pues hay que buscar dónde; y así ya te agarró la noche otra vez y estás preocupado por pasarla sin problemas, medio seguro y si te da hambre a buscar otro taco; y así ya volvió a amanecer y hay que volver a pensar en qué vas a desayunar. Nunca paras, no termina.

Otras personas que también viven en las calles comparten la idea de Saúl sobre el ritmo vertiginoso de la cotidianidad. Y entonces, ¿es posible pensar en el futuro cuando se vive la vida con mucha intensidad, al límite y para sortear cada momento del día? Sin duda, quienes viven en las calles tienen sueños y esperanzas para su futuro como cualquiera de nosotros. No obstante, sus posibilidades se reducen cuando se encuentran inmersos en un círculo donde se vive cada momento del día para asegurar la subsistencia del momento siguiente y así sin parar: como correteando un pedazo minúsculo de un futuro que nunca termina por llegar. Tejen así una díada presente inmediato-futuro inmediato donde parecieran ser corredores que no pueden detenerse, porque hacerlo significaría no subsistir.


Maria Elena García Mendoza es Trabajadora Social por la Unam, Maestra en Ciencias en Metodología de la Ciencia en el IPN; con 15 años de experiencia en reducción del daño a poblaciones callejeras desde la sociedad civil.