Texto: María Elena García Mendoza
Foto: Delphine Tomes

Para entrar en Tenochtitlán hay que cruzar un umbral angosto, custodiado por la Virgen de Guadalupe y San Judas Tadeo. Después, estímulos visuales se imponen ante los ojos con brillantes colores y estampados en forma de cientos de relojes, botellas de perfumes, artículos eróticos y otras mercancías colocadas ordenadamente en las rejas de los puestos.

Tenochtitlán huele a muchos perfumes mezclados con el intenso aroma de la marihuana. Su sonido es una melodía dramática, cuya base es el transitar de cientos de vehículos interrumpidos por los graves de las motonetas, y con el ritmo de cientos de voces que se hacen una sola, resaltando eventualmente la de hombres jóvenes que te abordan para preguntar qué buscas, qué necesitas, qué vas a comprar o a quién vienes a ver.

Miguel se desliza suave, ligero e invisible. A él nadie lo aborda, nadie lo percibe, porque para él Tenochtitlán no es un lugar de oferta, sino un territorio de supervivencia. Miguel y una decena de hombres más se adueñan de la otra Tenochtitlán, la que pertenece a la noche; como un portal que conduce a una dimensión paralela al terminar la jornada de cada día. Una alfombra de desperdicios del comercio tapiza este territorio y sus alrededores. Entonces Tenochtitlán alberga la esperanza para los que de día son invisibles; como la tierra que es fértil para todos, también lo es para los que lo han perdido todo.

Lo que es desecho para la sociedad es la posibilidad de un hombre de alquilar un cuarto para descansar con dignidad o de elegir un alimento que no sean las sobras de alguien más. Pepenar o escoger entre la basura lo que se puede vender, reutilizar o reciclar es una actividad mediante la cual las poblaciones callejeras generan ingresos económicos. Se trata de un trabajo que implica mucho esfuerzo y cuya retribución económica es recibida con orgullo. Es una opción para posicionarse en un rol visible en la sociedad y significarse desde una perspectiva distinta a la del vago, inútil, indigente…

Es así como Tenochtitlán y sus alrededores, herederos de la práctica prehispánica del tianguis, se erigen diariamente con una actitud de resistencia ante el anhelo de la ciudad moderna y la huella perenne de nuestro origen prehispánico, para dar una oportunidad de “ser” en la sociedad a cientos de miles de personas. Gente que se significa a sí misma con un: “Soy comerciante. Soy cargador. Soy bodeguero. Soy pepenador. Y somos gente que no le tenemos miedo al trabajo duro”.


María Elena García Mendoza. Trabajadora social por la UNAM, Maestra en Ciencias en Metodología de la Ciencia en el IPN. Con 15 años de experiencia en reducción del daño a poblaciones callejeras desde la sociedad civil.