Texto: César Tejeda
Ilustración: Christian Cañibe

Cuando yo era niño, iba con mi padre a nadar a un club que se encuentra en los límites de la colonia Condesa. Sábados y domingos cruzábamos el umbral, nos dirigíamos a una cabina en donde rentábamos dos toallas e ingresábamos en un largo laberinto de casilleros. De la repisa posterior tomábamos una canastilla metálica en la que llevábamos un jabón Palmolive, desodorante, cepillos y pasta de dientes, y el rastrillo de mi padre, hasta las regaderas. Una vez ahí, yo comparaba nuestra canastilla con las de los otros, en las que también había esponjas, champús, perfumes, cremas de afeitar y cremas corporales. Puedo escuchar la voz de mi padre burlándose de aquellos señores que usaban lo que un hombre no necesitaba. La ligera canastilla metálica que yo cargaba, de regreso al casillero, era una declaración de principios; un referente de masculinidad.

Estoy frente a un álbum con fotografías de mi padre, tomadas durante los años cuarenta. En una de ellas, él está frente a un edificio ubicado en la calle Tabasco número 139, colonia Roma. De acuerdo con la nota apuntada al reverso, era octubre de 1946, y el joven de 22 años que posa con un pie sobre la acera y otro pie sobre la banqueta, vestido con un traje impoluto, con la mano izquierda dentro del bolsillo del pantalón, con el brazo derecho estirado hacia abajo y la mano abierta mostrando la palma, es un joven vanidoso muy diferente al viejo austero que conocí. En otras fotografías, frente a Bellas Artes, sobre una trajinera, mi padre hace lo mismo: la mano izquierda en el bolsillo, el brazo derecho estirado hacia abajo con la mano abierta mostrando la palma. Era su pose de galán.

Hace unos días hallé el acta del matrimonio que mi padre celebró con su primera esposa, aquella de la que enviudó algunos años antes de conocer a mi madre. La ceremonia ocurrió el 19 de noviembre de 1949. César, edad 25 años, estado civil soltero, lugar de origen Barberena, Guatemala, ocupación estudiante, contrajo matrimonio con Josefina, edad 39 años, estado civil divorciada, lugar de origen Morelia, Michoacán, ocupación pasante de arqueología. Dos mujeres que se dedicaban al hogar, otro arqueólogo y un médico cirujano, fungieron como testigos, tal vez cómplices, del matrimonio.

El 4 de octubre de 2017, dos semanas después del terremoto, yo, César, 33 años, nacido en la Ciudad de México, ocupación escritor, contraje matrimonio con Carla, 35 años, nacida en Puebla, ocupación diseñadora textil. Ya no hay necesidad de testigos, pero nos acompañaron mi madre, mi hermana y el gestor al que contratamos para que se encargara del papeleo. Me parece que la juez, como todos en la Ciudad de México, se encontraba desconsolada por el temblor, o de otra forma no puedo explicar la falta de vitalidad en su discurso, que resultó tan inmemorable que un mes después ya no recuerdo una sola de sus palabras, pero que mi madre halló conmovedor. La ceremonia ocurrió en un triste juzgado civil de hojalata. En las paredes metálicas había fotocopias con la leyenda “Favor de no tirar arroz”. En una de las fotografías aparezco junto a Carla y frente a la juez, con las manos entrelazada a la altura de la cintura, ligeramente encorvado. Miro distraído hacia algún punto más allá de la ventana, supongo que porque ese día llovió.

Trato de imaginar cómo pudo ocurrir que mi padre se enamorara de su primera esposa Josefina, 14 años mayor que él, cuando él, de acuerdo con las fotografías, se encontraba en la cúspide de su galanura, y ella, en cambio, en el declive de una belleza regular. Luego me pregunto si es una pregunta vengativa —él siempre juzgó a mis novias de acuerdo con su aspecto— o una pregunta estúpida —ella pudo ser una persona extraordinaria—. El tema me intriga de todas formas, y suelo resolver el enigma pensando que él, lejos de su país, buscaba una madre, y que ella, lejos de la juventud, buscaba un hijo. Pero hoy me parece una interpretación burda.

Los imagino en la Escuela Nacional de Antropología. Son presentados, tal vez a propósito de un proyecto en el que deben colaborar, y mi padre y Josefina se saludan, se miran con indiferencia, sin poder mirar lo que habrán de vivir juntos en los años por venir. En pocos años ella cuidará a un alcohólico. En muchos años él cuidara a una enferma de cáncer en el cerebro.

El edificio ubicado en Tabasco 139, en el que vivía mi padre cuando llegó de Guatemala, existe a pesar de la gentrificación. A pesar de los terremotos que asolan a esta zona con frecuencia ritual. En la planta baja hay un negocio de té con muebles estilo rococó. No tengo imaginación ni pretextos para escabullirme en el interior del recinto. En vez de eso, camino a la esquina opuesta, ésa en la que mi padre fue retratado con la mano izquierda en el bolsillo del pantalón y mostrando la palma derecha. Sujeto la vieja foto y la pongo en primer plano. Trato de localizarme donde debió hacerlo el fotógrafo, decido que he encontrado el lugar, y mientras pienso que desde los años cuarenta el universo se ha movido de forma perene, y que estoy muy lejos de “el mismo lugar”, descubro que los clientes del té me miran con preocupación. Guardo el retrato y me retiro.

Una amiga de la universidad me invita todos los años a las fiestas de su hijo, que es mi ahijado de una manera secular. Esta última, en el bosque de Chapultepec, se inspira en Harry Potter, y tanto los adultos como los niños utilizamos corbatines de terciopelo y anteojos circulares de alambre. Mi amiga quiere retratarme y yo acepto, desde luego, pero tengo el mismo problema de siempre cuando debo posar solo. ¿Dónde demonios pongo las manos? Y entonces recuerdo mi herencia descubierta: la mano izquierda en el bolsillo, el brazo derecho estirado y la mano abierta mostrando la palma. Mi amiga pulsa el obturador conforme.

Cuando cumplí 15 años mi padre decidió rentar otro casillero. Yo necesitaba más espacio para mis raquetas de tenis, mis balones de fútbol y mi propia canastilla metálica, en la que —no sin pudor— decidí guardar, además de lo habitual, un champú acondicionador, un jabón de azufre y protector solar que él se empeñaba en juzgar como crema. Me dejé el pelo largo. Luché contra el acné sin tregua y con pomadas. Llevaba una arracada en la oreja izquierda. Me parecía que mi padre siempre había sido un sujeto sin retos, sin ímpetu, sin vanidad. Por muchos años, hasta que descubrí este álbum que es una ventana a la juventud de mi padre, yo creía que ser hombre era lo mismo que ser viejo.

 


César Tejeda (Ciudad de México, 1984) es narrador. Es autor de las novelas Mi abuelo y el dictador (Caballo de Troya, 2017) y Épica de bolsillo para un joven de clase media (Planeta, 2012). Fue director de la revista Los Suicidas y en la actualidad forma parte del equipo de Ediciones Antílope.