Texto: Omar Jacinto

En medio de la noche inminente la luz neón de los anuncios publicitarios y el olor a aceite automotriz derramado en el pavimento, empapaban mi nada sano estado mental. Siempre tuve un problema con las esquinas, nunca pude usarlas como punto cardinal, mucho menos en esta: la ciudad donde todo está a la vuelta de ellas. El salón de baile El Pergamino hace esquina con la pulquería El Macho, establecida en 1938 por una familia de españoles refugiados de la guerra civil que, según mi abuelo, se enamoraron de la bebida después de una visita a la casa donde él creció.

El cigarro que intenté encender cayó y rodó hacia la puerta del salón que parecía llamarme a través de las voluptuosas mujeres pintadas en el rótulo de la fachada. Siempre dudé de la veracidad de la frase “el amor es bailar”. Muchos dirían que soy uno más del montón, uno de esos a los que les avergüenza tener cuerpo.

También tenía un problema —otro, por si fuera poco— con las dos cosas. El amor y el baile. El primero como concepto abstracto que dota de sentido a la vida humana, siempre se rehusó a visitarme, siempre fue ajeno. Desde la cuna. El baile había sido mi medio de expresión en la infancia hasta que, al crecer, las suelas de goma, madera y hasta piel, mi piel, se negaron a ser aliadas.

Para mí el baile era como el amor, sabía que tenía que intentar hacerlo bien para lograrlo, pero me había ido tan mal que prefería no moverle, de ahí mi desapego hacia ambos. Entonces, ¿cómo podía ser el amor bailar? Había intentado con una variedad de géneros musicales propia de un melómano empedernido. Probé con el pop noventero de mamá, los pasos de baile solo eran una extensión de su dictadura así que no funcionó.

Intenté con el dark wave de los compañeros que conocí en la preparatoria. El ambiente lúgubre, ochentero y lleno de aerosol para el cabello me parecía exagerado. Decidí desertar después de que una tarde, Marcelo el líder de Los Viscocitos, como se hacían llamar, criticara mi camiseta de The Cure, pareciéndole un fan no original, un impostor. Me encantaba The Cure, pero odiaba delinearme los ojos, quizá por eso no parecí lo suficientemente confiable. Además, que me burlé varias veces de la imitación fallida que Marcelo hacía de Robert Smith. Entendía que éramos jóvenes en busca de una identidad que saliera de contexto con la realidad que veíamos diario en la ciudad que nos vio crecer, pero este güey se la creía en serio.

En las reuniones familiares la salsa y la cumbia eran el arma perfecta de las tías incómodas que se empeñaban en conseguir un instante que me quitara la cara de muerto, como ellas decían. No estaba muerto, estaba de parranda, por eso las ojeras. Ahí también fracasé y me gané los abucheos de la familia por mamón, payaso, jetón o engreído, pero yo sólo trataba de evitar el ridículo.

Recuerdo a Daniela, ella me enseño lo que era la polka, pues vino a vivir a la ciudad de México desde Monterrey, Nuevo León. Era delgada, guapa como todas las norteñas, pero intolerante con los pies izquierdos, decidió que era mejor cambiar de pareja, decía que yo la estresaba. Un día su papá vino por ella con dos boletos de avión, se fueron a Phoenix, Arizona. Antes de irse me regaló un paliacate negro que aún amarro a mi cuello en las noches de fiesta. Jamás volví a verla.

Incluso ahorré durante un mes para poder comprarme una pomada especial para relamerme el cabello y poder asistir con mi mejor amigo a un salón de Rockabilly en donde solo conseguí derramar varias malteadas de chocolate con la torpeza de mis movimientos al ritmo de Chuck Berry.

Regresé de los recuerdos. El tiempo de nuevo robaba mi aliento, debía decidir a donde ir y no dudé en cruzar la puerta de madera abarrotada de El Pergamino que seguía transmitiéndome la sensación de atracción natural. Desde que entré todo parecía extraño, la pista de baile estaba vacía. Parecía que todos aguardaban en su mesa el inicio de un espectacular número. De pronto, del escenario emanó el sonido de un par de trompetas. El ritmo sólo podía pertenecer a algo: era afrobeat. Reconocía la canción, era Noko Hewon de Afla Sackey & Afrik Bawantu. Reconocía y recordaba el sonido que estaba grabado en uno de los casetes que mi padre vendió en algún tianguis de la ciudad en su juventud y que yo prefería convertir en objetos de descubrimiento antes que mercancías. ¿Afrobeat en la ciudad de México? Algo no cuadraba.

Luces, cámaras, miradas y suspiros directamente al centro de la pista. Apareció. Era como una deidad de piel cobriza, un ícono Funky. “Makena”, pronunció el mesero junto a mí. Makena era el nombre de la estrella que se apropiaba del lugar, entre aplausos, silbidos y uno que otro beso a distancia que se esfumó en el aire. Makena hechizó a todos desde su entrada triunfal y mis ojos, cerebro y deseo no fueron la excepción. De repente, en un rincón de la región más transparente, en un lugar frecuentado por los habitantes del centro, una falda con flecos de colores rozaba un par de muslos en los que vibraba el sonido, balanceándolos de una manera exquisita.

El maestro de ceremonias del salón de baile se dirigió a mí como “el chamaco que está babeando” y provocó la atención de todos. Nunca me di cuenta de que resaltaría inmediatamente dentro de El Pergamino ya fuera por mi edad, por mi atuendo o por mi vaso de agua de Jamaica. Una ráfaga de aplausos trataba de animarme a llegar a la pista de baile, una ráfaga insoportable, perspicaz. El bullicio se hacía cada vez más grande, parecía como si todos en el lugar supieran de mis conflictos con el baile.

Makena continuaba el número sin parar, las canciones cambiaban, sus piernas se afianzaban al compás musical. Una turba me rodeaba ahora, el río de personas me arrastraba hacia el centro de la pista. Los mosaicos de colores eran el mapa que mis pies debían descifrar, sería una tarea imposible. Makena dejó de ignorar lo que ocurría e hizo contacto visual conmigo. Fue como descifrar un crucigrama infinito, decodificar un mensaje de mil años de antigüedad. Al verme, hizo una señal con las manos y El Pergamino gritó al unísono “¿Bailamos?”