Texto: Juan Villoro
Foto: Dr. Alderete

                                                                             A Vicente Rojo

Al terminar la guerra llevé a mi hijo a la terraza de las esculturas. La mañana era clara, a pesar de las cenizas que aún flotaban en el aire, últimos saldos del incendio.

Los escalones desiguales llevaban a un promontorio donde se veían las ruinas y los humos de la ciudad. Llevaba mucho sin subir una cuesta, y me sentí avejentado y débil entre los visitantes que no llevaban un niño aferrado del dedo índice. Mi hijo era un fardo alegre; canturreaba cualquier cosa, envuelto en plásticos brillantes que pertenecieron a un paracaídas.

Al cabo de un rato, noté que también los otros caminaban mal. Sus pasos inciertos, tentativos, venían de un largo destierro en sótanos y zanjas, de una prolongada adaptación a los huecos estrechos, las respiraciones en la nuca, los íntimos cuerpos ajenos. Más que ocultos, permanecíamos enterrados, y me maravillaba que alguien, en alguna parte, nos considerara un ejército.

Ahora, al aire libre, podíamos visitar la terraza, un suelo todavía demasiado liso, demasiado quieto.

Cargué a mi hijo en los hombros. Su mano me tomó del pelo, despertando una herida que no había sentido. Caminé despacio, la respiración trabajada por la inmovilidad, la altura, la rara emoción de estar ahí. Al fondo se alzaban, negras, metálicas, indiferentes al viento y las cenizas, las ocho esculturas.

En las colinas que fueron calles sobran fierros de todo tipo; sin embargo, las figuras que ya casi me rodeaban hacían pensar en materiales que de algún modo eran adversos, como si las pulidas superficies vinieran de una ardiente tensión, el rechazo de lo que llevaban dentro.

Al acercarme más advertí otras texturas; los flancos tersos eran interrumpidos por rugosidades, costras que sugerían una espantosa fundición; las estatuas parecían hechas de esquirlas, metralla, fuselajes rotos.

Mi hijo no habla, o mejor dicho, habla sin que yo lo entienda; tiene dos años (la vida, abrumadora, insaciable, obscena, se afirmaba aun en los escombros); su boca pronuncia nombres cercenados:  “to” significa “gato”, o tal vez otra palabra que termina igual. Hasta hace muy poco sólo conocía los estallidos. Le asustan la calma, las cosas entregadas a un incomprensible reposo. A veces juega con rondanas y cubos desprendidos de aparatos; esta ruda geometría es su pasatiempo. En la terraza, con el asombro que le causa lo que no se mueve, reconoció algunas formas: “ubo”, “ita”, “titita” (la última palabra, demasiado larga, podía ser una expansión entusiasta de la anterior). En su lenguaje interrumpido, me decía algo importante. Su mano se aferró con más fuerza a mi pelo. Sentí un ardor insoportable y lo bajé al piso. Corrió hacia una estatua. Frenético, como si descubriera el azúcar que no conoce.

Después de años sin correo, teléfonos, radio, computadoras, somos nosotros quienes debemos ir hacia las cosas para recibir su mensaje. Las esculturas son el primer comunicado que aparece en el aire oloroso a carbones. Sin necesidad de placas o discursos, sabemos que la plaza celebra el fin de la guerra. Un espacio abierto, una pulcra terraza para ver la ciudad despedazada. Las ocho piezas son la prueba en metal de que otra época comienza. ¿Qué pensará mi hijo al verlas dentro de muchos años, en una ciudad dominada por la prisa? El porvenir será para él una región más compleja, una negación numerosa del presente, la hora baldía en que no hubo otro edificio que una terraza. Tal vez algo le regrese con un golpe de viento y ceniza: la mano grande y vendada de su padre, la superficie metálica de las estatuas. ¿Sabrá que una mañana de luz fría recuperamos el plano, el cono, el ángulo recto? ¿Sabrá lo que defienden esas formas? Sólo entonces, en el imposible diálogo con mi hijo futuro, supe que los ocho pilares estaban allí para ser entendidos.

Las esculturas combinaban cubos y esferas. El escultor trabajaba por reducción: “sin esto no hay nada”, parecía decir; se concentraba en los bordes, los límites de los que todo se deriva. Había una fuerza punzante en esa decisión. Los relieves ofrecían señas de una intervención básica, las iniciales del mundo tocado por una mano inteligente. Eso fue lo que perdimos. En el paisaje arrasado ninguna emoción superaba a la de encontrar una figura comprensible.

“¡Ton!”, gritó mi hijo al tocar una curva. Traduje “latón”, aunque seguramente me equivocaba. De cualquier forma, servía de poco localizar sus emociones. Para alguien nacido en un momento de severa alteración, cualquier arrebato es normal, cualquier asombro aceptable.

Desvié la vista a la explanada llena de ociosos (por ahora, nadie es otra cosa). Contemplé las ropas, los remiendos ajenos a cualquier costumbre, los rostros pálidos, los cuerpos extrañamente enteros; luego me concentré en las poses, cercanas a la reverencia. La idolatría renace con facilidad en las ruinas y por un instante pensé que estábamos ante los altares de un culto todavía impreciso. De ser así, ¿qué podía adorarse en ellos? La intemperie sugería dioses aéreos, portentos frágiles, fe en el viento que regresa. Sin embargo, las piezas eran vistas con una curiosidad detenida, racional, ajena al éxtasis religioso. Quizá ante la escultura no hay mejor homenaje que la inmovilidad del propio cuerpo, los músculos cautivos, rendidos ante lo que deja de ser inerte. La fijeza de los espectadores era de este tipo.

Mi hijo me chupó el dedo y gruñó al sentir la venda. Me pareció más pequeño y me pregunté si llegaría a ser tan alto como las estatuas. Fue entonces, al reparar en la escala casi humana de las piezas, cuando supe  que nos hallábamos ante un sistema de medida: de un modo sutil, incisivo, tal vez temible, nos podíamos comparar con ellas.

Inmóviles, salidos del fuego, teníamos algo de estatuas sucias. Nuestra quietud agregaba otro sentido a las columnas de metal: estaban ahí para demudarnos. La desesperación de pedirle a mi lenguaje algo que no podía decir, fue relevada por otra inquietud. Yo era un bloque de silencio.

Las líneas y los círculos imponían un orden, un espacio donde todo era deliberado, ajeno a los estertores, los gritos en la noche. Algo decisivo resistía en las piezas. Con rara elocuencia, decían lo mismo que mi cuerpo detenido.

Me quité la venda de la mano, toqué el metal fresco y comprendí, sin otro argumento que esa tenue caricia, que nos habíamos salvado.


Juan Villoro. Escritor y periodista. Su libro más reciente es El vértigo horizontal. Una ciudad llamada México.