Por Leonardo Teja

¿Un remedio contra la sed?
Es lo contrario que contra las mordeduras de perro.
Si corréis siempre detrás del perro, nunca os morderá;
si bebéis siempre antes de la sed, nunca os atacará.
François Rabelais

Un hombre que vive en la planta baja de un edificio tiene la firme sospecha de que en el departamento de arriba vive una giganta reducida por el llanto. En los últimos días, no ha tenido otro tema de conversación que ese durante la hora del almuerzo de la oficina. Le expone el problema a su amigo Saldaña, quien se ríe afirmando que el asunto se trata de una simple gotera en el baño.

Aquel hombre quisiera ver si su amigo Saldaña se reiría sentado bajo esa tortura china, justo arriba del retrete; aunque no lo dice, piensa en la poca fibra que consumen durante la semana. Al tiempo que trincha un huevo cocido, Saldaña le pregunta la finalidad que tuvo el paraguas que le prestó el otro día. Lo que hizo aquel hombre fue colgarlo en el tubo de la regadera; mas cuando por la noche se levanta al baño, no puede pensar en otra cosa que en un murciélago enorme que toma la siesta. Entonces se le van las ganas y regresa su insomnio, pero después reaparecen porque el sonido de la gotera contra el espejo de agua estimula el imaginario de la vejiga. Así la madrugada entera, hasta que amanece del todo y llega al trabajo, se desahoga, le cuenta a su amigo Saldaña y es asunto de nunca acabar.

El primer viernes que aquel hombre llegó con lo de la giganta, Saldaña prometió ir a arreglar la gotera al otro día. El muy bribón llegó con las manos llenas de familia e improvisaron un desayuno, jugaron a las cartas y, mientras su mujer e hijos tomaban la siesta en la sala, él vaciaba latas de cerveza ante la mirada nerviosa de aquel hombre. Antes de irse, Saldaña pasó al baño y regresó al comedor quejándose de la gotera. Aunque es joven, su cabello humedecido revela que será calvo en pocos años.

Entonces se despidió. Espabiló a su prole y juntos se pusieron en marcha rumbo a la salida. Aquel hombre alcanzó a su amigo de la oficina en las escaleras para cuestionarlo sobre la reparación de la gotera. Saldaña le dijo que había dejado abierto el paraguas como medida provisional, que el próximo fin regresaría.

Pero aquel hombre no quiere algo provisional, sino que el asunto termine cuanto antes. Sube las escaleras al piso inmediato, y llama a la puerta. Nadie contesta. Insiste con voz en cuello. El resultado es el mismo. La perilla no tiene seguro. Al asomarse solo puede ver muebles que en la oscuridad parecen bovinos desmayados.

– Buenas tardes.

Nadie contesta. Aquel hombre decide hacer su presencia evidente y busca el interruptor de luz. La pared está tan fría que se siente mojada. Encuentra el interruptor y lo acciona sin que nada cambie.

– Por acá.

Le grita una voz de mujer desde el pasillo. El hombre sigue la voz hasta encontrar a su dueña: una mujer inmensamente embarazada adentro de una tina. Está panza arriba y no se inmuta ante la presencia de aquel hombre.

– ¿Qué quiere?

– Soy el vecino de abajo y tengo una gotera…

– Ah, usted también. Es lo malo de vivir aquí, ¿verdad?

La mujer se sumerge en medida de lo posible, dejando su barriga al aire. Las gotas que caen desde el techo estallan en el ombligo. El baño queda en silencio unos segundos, hasta que nuevamente emerge la cara de la mujer.

– ¿Sigue aquí? –pregunta ella, esta vez con un poco de sorpresa–. ¿Qué más quiere que le diga? Vaya al departamento de arriba, si gusta. Antes de que se decida, sea bueno y alcánceme esa toalla.

El hombre obedece.

– Más cerca, ¿qué no ve que estoy encallada?

La piel del brazo de la mujer no parece la de una mujer de su edad.

– Cierre antes de salir, y le digo que suba, no pierde nada.

El hombre obedece. Cierra y rehace el camino para subir la escalera.

El departamento de arriba parece estar deshabitado; la puerta cede sin mucha maña. Esta vez el hombre no desea ser visto de inmediato y avanza con sigilo por el pasillo. Unos metros después, ve dos perros en una esquina del lugar: son exactamente iguales, famélicos. Tienen los hocicos sumergidos en el charco que también se alimenta de una gotera. Se percatan de la presencia de aquel hombre y corren enloquecidos en su dirección, parecen la sombra duplicada de un tercer perro faltante. El hombre se precipita a la salida y cierra la puerta, la apuntala con el cuerpo para que no se venga abajo con el impacto; sin embargo, el resultado solo es el lodo que sale por debajo de la puerta.

El hombre no quiere ver otro departamento. Se dirige de inmediato a la azotea. Lo lleva una escalera de caracol que nadie dijo que era tan estrecha; al final, solo cabe su cabeza a través de la trampilla que remata el ascenso.

Un picnic se desarrolla ante la mirada entrampada de aquel hombre. La mayoría de los asistentes comen bocadillos ligeros y se sonríen unos a otros después de brindar con las copas en alto. En una de las esquinas hay una fuente de los deseos, un niño la desborda con el agua que sale de una manguera verde. De vez en cuando el chiquillo se agacha para recoger alguna moneda que los borbotones de agua dejan a su alcance; la toma y la levanta para observarla con detenimiento a la luz del sol. Si le convence, se la guarda en el peto de mezclilla; en caso contrario, se pone de espaldas a la fuente, aprieta los párpados, y la moneda se pierde en la pequeña parábola.


Leonardo Teja
Estudió Letras Hispánicas en la UAM. Ha formado parte de los programas de narrativa para jóvenes escritores en la F.L.M. y el FONCA. Ha publicado textos en revistas y suplementos, entre los que resaltan Casa del Tiempo, La Jornada y Tierra Adentro, entre otros.