Texto y foto por María González
@Ay_Maria8

Catalina es un buen nombre. “Catalina, la grande”, así se llamaba una serie que pasaban en el 22, nunca la vi, pero me gustó eso de “la grande”.

La gente no se da cuenta cómo se llama una. Puedes andar por ahí con el nombre que tú quieras y a nadie le importa. Nomás preguntan por el nombre cuando quieres hacer trámites importantes: las cuentas de banco, dejar herencias, votar. Yo decidí muy pronto que no quería, ni necesitaba nada de eso.

Vivía en una vecindad en la Santa Julia. Rentaba el número 6 y trabajaba jornada completa de secretaria en una empresa de químicos. Me pagaban poquito, pero suficiente. Me gustaba arreglarme y echarme harto perfume. Caminaba derechita y sin mirar a nadie. Le gritaba “cabrón” a los idiotas que me chiflaban en la calle, así, por mera inercia. Una vez me quisieron agarrar las nalgas y los caché. Me eché en furia tras ellos y les di una patada en los huevos para que se acordaran de mí.

En la oficina también les daba por hacerse los graciosos, me hacía la que no oía y no les dirigía la palabra hasta que me hablaban bien y derecho. Había un muchacho que sí me gustaba, era más chico que yo, tendría unos 28 años, hijo de uno de los clientes chonchos de la empresa. Me gustaba porque era tranquilito y siempre muy amable, también me gustaba que era rebelde. Se llamaba Octavio.

Yo también le gustaba a Octavio, me platicaba de las cosas que leía y me prestaba sus libros para que le hallara gusto. Los libros del Octavio me salvaron, me entretenía cuando había poco trabajo y me ayudaba a no pensar en cosas tristes. Un día fuimos a comer juntos, claro que nadie sabía, pero a mí me daba igual. Afortunadamente yo ya no podía tener hijos, podía hacer lo que quisiera y no me iba a hacer cargo de un chamaco después.

Sí, nos acostamos varias veces, me llevaba a los hoteles del centro para que no nos encontráramos a nadie de sus conocidos. El hotel Regina nos gustaba especialmente porque el de la entrada ya nos conocía, pagábamos en efectivo y nos regalaba agua y condones. La primera vez que tuvimos sexo fuimos a un hotel de esos grandotes sobre Tlalpan. Los cuartos estaban bien, mucho lujo y sábanas blancas, el problema fue que nos cachamos al dueño de la empresa con una de las muchachas de cuentas. El Octavio y yo conocíamos bien a los dos , lo bueno que ellos no nos vieron. De ahí quedamos curados de espanto.

No puedo decir que estaba enamorada del Octavio, pero sí le tenía cariño. Podíamos hablar y yo me sentía curada. La última vez que lo vi, fue en el hotel Regina, le di un beso y dejé que el saliera primero, como siempre. Me estaba alistando para irme cuando escuché un trancazo que me dejó sorda y que salgo corriendo a ver qué pasaba. Me encontré a mi Octavio tirado en el piso con un agujero de sangre en la cabeza, me eché a llorar, pero también me eché a correr, había mucha gente y no quería que me vieran con el Octavio, quería que estuviera vivo y que lo salvaran. Conmigo lo iban a dejar a su suerte, seguro.

El lunes me fui a trabajar, como siempre. La oficina estaba vacía porque se habían ido todos al funeral del Octavio, nadie me dijo nada. Tenía atravesado un cuchillo en la garganta de la angustia, el dolor y la culpa. Como ve, yo llevaba mi vida tranquila, empecé desde cero, dejé el pasado por otro lado y me dediqué a ser honesta y trabajadora. ¿Qué iba yo a saber que el Abel todavía me andaba buscando? Yo creía que le bastaba con contarle a todos en el pueblo que él me había matado, cuando fui yo quien lo dejó castrado. ¿Por qué cree que no tuvo hijos después? De ese crimen sí soy culpable, poli, eso sí hice antes de irme.

Mire, yo tenía quince años cuando me casé con el Abel, nos obligaron porque yo quedé embarazada. Sí me gustaba Don Abel, no se lo voy a negar. Yo era una chamaca pero allá en el pueblo así se acostumbra. Nomás para que se dé una idea, antes de que yo me escapara, mi madre tenía 38 años y 8 hijos. Mi apá era 13 años más grande que ella y nadie lo veía mal.

Conocí al Abel en la fiesta de la tía Lety, hermana de mi mamá. Bailamos un rato y luego me invitó a su casa disque a acompañarlo por una chamarra porque el frío arreciaba. Don Abel era vecino de la tía Lety y me fui con él. No le voy a decir que no sabía que luego los hombres nomás la quieren a una para tener hijos, pero no me importó porque el don de veras me gustaba y sí quería que me diera unos besos. El problema es que cuando llegamos a su casa, se puso muy salvaje para tocarme y para mirarme, sabe Dios porque les enseñan que así se hace el amor, pero así había aprendido él y yo no tuve ni pa donde hacerme. En cambio mi Octavio, con él sí era bonito estar abrazados hasta que nos agarraba el sueño. Pero bueno, ese día mi apá me fue a buscar y comprometió al Abel a casarse conmigo, en aquel entonces así se usaba.

Lueguito de la boda nos enteramos que estaba embarazada. Todo fue bien rápido. No tuve al bebé, lo perdí, yo creo que la angustia no dejó crecer al chamaco, pero ve tú a saber. Don Abel me llevó al doctor porque le angustiaba su hijo, yo no, yo nunca le importé. El doctor nos dio la noticia y también me dijo que no iba a poder tener hijos nunca más. No le pregunté porque, yo nomás sentí alivio porque no fuera a ser que tuviera una niña y le tocara sufrir la misma suerte que yo.

Mi vida con Abel nunca estuvo bonita, pero al inicio medio la llevábamos, yo creo que porque estaba embarazada. Cuando perdí al bebé, él se iba bien temprano, disque a trabajar y llegaba ya bien entrada la madrugada, como a las tres de la mañana. A veces estaba tan borracho que nada más se echaba en la cama y ni quien lo viera, pero luego tenía ganas de tener sexo y bueno, yo a veces le hacía segunda y otras me encerraba en el cuarto de alado hasta que se cansaba o se quedaba dormido.

Como le digo, el Abel nunca estaba y yo, bonita y joven como era, claro que tenía otros pretendientes. Más guapos, más jóvenes, más chambeadores y con más ganas de mirarme que mi marido. Había uno que era especial, se llamaba Ricardo, crecimos juntos porque era hijo de mi padrino de bautizo, apenas y me llevaba unos 4 años. Yo siempre supe que le gustaba y casi se me muere de la angustia cuando supo que me casaba. Todos los días pasaba por mi casa antes de irse al rancho a trabajar y dejaba el caballo atrás para que nadie lo viera. Un vez le hice caso y como Abel nunca estaba lo dejé pasar a mi cuarto o al nuestro (de Abel y mío).

Dieron las dos de la mañana, escuchamos la puerta, mandé a Ricardo por la ventana de abajo y ya no supe a donde corrió. El Abel no llegó borracho y se dio cuenta que yo estaba muy enrojecida. Yo le respondí igualito que como él lo divulgo en la famosa canción aquí me he estado sentada, no me podido dormir 
si mi tienes desconfianza, no te separes de mí. Y sí, nunca estaba en la casa, qué me podía reclamar.

Lo demás ya se lo sabe, me preguntó por el reloj, por el caballo y me llevó con mi apá que no dio la cara por mí. Luego regresamos a la casa y fue a buscar la pistola, yo agarré un cuchillo porque no era tonta, sabía lo que quería hacer conmigo y no me iba a dejar, eso sí que no.

Antes que me fuera a buscar, yo lo tomé de las greñas y le quité la pistola. No sé qué me pasó, ahí sí puede juzgarme lo que usted quiera, pero me entró una furia cuando lo vi queriéndose defender. El condenado estaba chillando, hágame el favor, ahora sí estaba chillando. Le quité los pantalones, agarré recio el cuchillo y no sé si le corté bien o nada más se lo lastimé (el pene), pero salió harta sangre. Me asuste pero me dio tiempo de agarrar un dinerito, tomé el caballo que dejó mi Ricardo, me subí a pelo, sin silla de montar y llegué a los camiones que salían pa la ciudad.

Cuando llegué a la ciudad quería buscar a mi madre, pero fue que la mentada canción se hizo famosa y me enteré que el muy cobarde había dicho que me mató. Hincadita de rodillas, nomás seis tiros le dio, dice el corrido, usted sabrá que ardí en cólera. Lloré muchos días, lloré mi muerte. Me imaginé ahí, a sus pies y me dio pena por mí. Cuando me sentí menos mal pensé que me había hecho un favor, matarme era lo mejor que me pudo haber pasado porque yo nunca fui esa que se hincaba con nadie.

Pasó mi duelo y enterré a Martina.

Ahora, el hombre que “mató a Martina” también mató a mi Octavio, ¿me va a encerrar? órale, enciérrame, pero que quede claro que con mi Octavio muerto, La Martina regresó de la vida.


María González
Bailo cumbia, salsa, guaracha y todo lo demás. Tomo fotos por inercia, para ser otros. Escribo a ratos y dejo que los libros se acerquen a mí.
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