Texto: Jorge Comensal

Seis compases idiotas estuvieron a punto de acabar con Esaú, pianista excelso, Mozart veracruzano. Muchas veces el genio pudre a quien lo incuba, pero a sus veinticinco años Esaú ya había sobrevivido a la maldita bendición de ser niño prodigio; supo madurar sin magullarse gracias al rigor de sus padres, el pastor y la tecladista del Templo Evangélico del Buen Jesús de Coatzacoalcos, galerón mal ventilado donde Esaú mamó las notas musicales. A los siete años triunfó en la Sala Nezahualcóyotl del Distrito Federal frente a decenas de presuntos Wünderkinder y sus respectivos padres, intoxicados por la envidia de saber que sus retoños carecían del talento que animaba las manos de ese minúsculo costeño que tocaba los Nocturnos de Chopin como un poseso.

Esaú estudió en el Conservatorio Nacional, ganó todos los premios, se mudó a Hamburgo y volvió a Coatzacoalcos solo para tocar un infame teclado Yamaha en el funeral de su padre. Huyó de vuelta a Europa tras consolar por tres días a su madre. En el avión empezó a oír una molesta canción en Si bemol que bramaba, entre otras cosas, ¡Shakira!, ¡Shakira!, nombre que Esaú recordaba de la escuela dominical, donde le enseñaron que las caderas de esa cantante eran anzuelos de Satanás. Arrellanado en su asiento de primera clase, Esaú creyó que el ruido provenía de la clase turista, pero el volumen no disminuyó al activar sus audífonos aislantes. Tardó un buen rato en aceptar que el adefesio manaba de su propia cabeza, infectada por el ritmo tosco y pegajoso de esa canción cuyo nombre desconocía.

And I’m on tonight… —al aterrizar en Hamburgo— you know my hips don’t lie —al tomar un taxi— and I’m starting to feel it’s right —el coro era una lamprea de pop tropical— all the attraction, the tension —buscó la letra en Google— don’t you see baby, this is perfection.

Trató de purgarse con música dodecafónica —Schönberg a raudales—, pero fue inútil. Tomó un somnífero y despertó nueve horas después con el mismo tormento: She makes a man want to speak Spanish…

Pasó tres días infernales, ni uno solo sin llamar a su madre por teléfono para saber cómo estaba sobrellevando el duelo. Temeroso de que Shakira fuera síntoma de un tumor cerebral, acudió al neurólogo. Después de aplicarle una batería de pruebas denigrantes —apriéteme el dedo, saque la lengua,

¿Cómo se llama la canciller de Alemania?—, el médico lo refirió con un psicólogo que sonreía demasiado.

— En quince días toco en Londres —le advirtió Esaú—, y no puedo ensayar con esto adentro.

El psicólogo le preguntó sobre su vida personal. Esaú se limitó a decir que su apretada agenda le impedía tener una relación sentimental —omitió que solía masturbarse con la ayuda de vídeos de pianistas atractivas como Khatia Buniatishvili, Hélène Grimaud o la semidiosa Martha Argerich; también omitió que sus manos, habituadas a tocar Steinways y Bösendorfers, desconocían el cuerpo desnudo de una mujer—. Tampoco mencionó que su padre había muerto una semana atrás.

—¿Qué te despierta la canción?
Weiß nicht… (no lo sé).
—¿Y qué dice la letra?
Reiner Unsinn (pura tontería).

El psicólogo le pidió que tratara de evocar recuerdos asociados con la canción. Pasó una semana. And I’m on tonight you know my hips don’t lie… Esaú pensó en darse un tiro, mas no tenía las agallas ni la pistola.

—Me dio dengue en Coatzacoalcos —le mintió a su representante—. Cancela el concierto.

Desesperado, recurrió a la lógica homeopática: curar por semejanza. Entró a YouTube. I never really knew that she could dance like this… 3:38 minutos de suplicio. Al terminar la canción, el ritmo y la voz nasal de la colombiana permanecieron en su conciencia, pero más nítidos que antes, fortalecidos. Esaú quería arrancarse la cabeza. Rabió, golpeó, lanzó. Su colección de metrónomos antiguos terminó hecha pedazos. Tras la tormenta, sacó una botella de tequila que le habían regalado hacía tres años, cuando emigró de México. Se forzó a beber con encono, imitando a los héroes trágicos del cine. Bastaron cuatro onzas para embriagarlo. La voz de Shakira, teñida por el alcohol, sonaba triste y resbalosa.

Recordó al psicólogo. ¿Qué edad tenía cuando salió esta porquería? Wikipedia le dijo que quince años. Estaba por entrar al Conservatorio. Quince años. Se acordó de los quince años de su prima Berenice: el vestido chabacano, el baile con chambelanes, la hora de los brindis, el brindis de su padre, que aprovechó la ocasión para evangelizar a la concurrencia; su padre: pastor abstemio entre católicos borrachos. Esaú revivió la vergüenza de aquella noche en que odió por igual a su padre y a los que se reían de él entre dientes. Quiso subirse a la tarima y defenderlo; sentarse al teclado y acallarlos con su virtuosismo; inducirles pasmo y reverencia como lo hacía Glenn Gould ante los auditorios pretenciosos que despreciaban su banquito de enano y su costumbre de tararear a Bach mientras tocaba. Pero aquella noche Esaú permaneció sentado y, en vez de acudir en defensa de su padre, clavó la mirada en el plato y no la alzó hasta que el maestro de ceremonias le arrebató el micrófono al impertinente y ordenó que siguiera la esta. Ruidosos aplausos recibieron la música: And I’m on tonight you know my hips don’t lie... Su padre abandonó el escenario al son de Shakira, la cantante favorita de la quinceañera Don’t you see baby, this is perfection…

Buscó un disco de Gould —la segunda grabación de las Variaciones Goldberg— y lo puso a todo volumen. Ebrio y lloroso, asqueado de su padre, de su prima, de sí mismo, de Alemania y del celibato,de ser chaparro y prodigioso, huérfano, ateo, costeño, hijo de una viuda náufraga en Coatzacoalcos…,

Esaú se desveló tarareando con Glenn Gould las fugas y contrapuntos, bebiendo hasta la náusea, el vómito, la bilis, y luego cayó exhausto, aplastado por su grandeza. Cuando despertó al día siguiente, las caderas de Shakira habían callado.


Jorge Comensal
Autor de la novela Las mutaciones (Ediciones Antílope, 2016). Realiza un posgrado en Filosofía de la Ciencia y es editor en la Revista de la Universidad de México.