Fermín Romero

Aquel hombre sentado frente a mi, en el metro, cuánta impresión me ha causado. Era delgadísimo ¡flaquisimo! Levante la mirada y me encontré con su rostro. Nunca he visto un cráneo desnudo de su máscara humana, aquello es lo que cubre la muerte, y aquel hombre apenas podía cubrir su edad.

Tendría al menos sesenta años, pero parecía milenario. El área de las sienes estaba tan hundida que bien podría haber acomodado mi puño ahí, los huesos de las mejillas saltaban bajo unos ojos gigantes por fuerza, los labios apenas estaban sugeridos en un esbozo y la mandíbula era un remate de sobriedad dura y blanca; parecía que alguien había arrojado una manta arrugada y llena de pliegues sobre su calavera, le había puesto un peluquín, pegado unas cejas y pintado una barba rasurada y gris. Su nariz estaba rota y desviada como la mía y fue el único rasgo que pude apreciar sin asombrarme porque insinuaba una nariz sana que aún no había sido succionada hasta el hueso, pero por todo lo demás nadie podía decir que la presencia de aquél hombre no resultaba esquelética. El resto del cuerpo también estaba como desinflado, llevaba la camisa desabotonada hasta el segundo ojal y lo que se podía ver del cuello y de las clavículas no fue menos sorprendente, ¡su piel apenas le tapaba la humanidad! en sus grandes manos se podían contar los falanges y seguir el curso de las venas hasta perderlas en la manga de su chamarra; ahí fue cuando me di cuenta que en los hombros o en las rodillas, la ropa era atraída hacia los huesos que se notaban como palos y piedras disimulados bajo su vestuario, como a alguien a quien la ropa se le pega en la lluvia.

Aún así su piel estaba viva, curtida y bronceada, de un tono chamuscado, irreal pero palpable. Múltiples arrugas surcaban su frente y mejillas, bajaban por el cuello hasta ocultarse en el notable costillar “¡¿cuánto tiempo llevas sin comer hombre?!” me pregunté. Y sin embargo todo aquello no fue lo que más me impresionó. Alguien así debería de estar en cama esperando su hora, no obstante, el iba leyendo tranquilamente algo que parecía ser el libro vaquero o alguno de esos cuentos que venden en los puestos de libros usados. Sus labios se movían con discreción dando forma a las palabras delicadamente, no se apresuraba sino todo lo contrario, la calma de aquel hombre fue lo que me atrapó, y por un momento deje de escuchar el ruido del vagón y a los ambulantes que gritaban lo que gritasen, o el parloteo de la gente alrededor. Sentía que si estiraba mi mano podía sentir los huesos de su hombro casi desnudo, a través de cuánta prenda se interpusiera. Luego bajé la mirada y me encontré con unas botas negras tipo vaquero, muy cuidadas y sin punta, nadie podía negar tampoco, que aquel hombre tenía estilo. Su presencia era por supuesto llamativa pero para eso primero había que notarlo.

Durante todo mi minucioso examen que de repente me pareció maleducado él no reparó en mí, no volteo a mirarme como pasa aveces cuando tus ojos se encuentran sin querer con los de alguien a quien observamos detenidamente, no. Tal vez es que estaba acostumbrado a las miradas curiosas e indiscretas, tal vez ya no le importaban. Su estatua permanecía sólida e imperturbable en el mecer del subterráneo mientras los demás cuerpos se movían inquietos, quizás demasiado; la inercia de la vida los arrastraba en un flujo que no cuestionaban, pues desafiarlo implicaba la posibilidad de ser como aquel señor, y a nosotros nos gusta la gente torneada dentro de un espectro reducido: los obesos son enfermos hedonistas mientras los delgados unos anoréxicos vanidosos, ambos extremos están a una distancia más cercana de la muerte y eso incomoda, a menos que te dejes ir en el torrente y no te fijes de ciertos personajes que desafían voluntariamente o no nuestros estándares de comodidad.