Por Luis Ramaggio

Casi convencida de que era una fantasía, Lupe decidió ingerirlo todo. Mientras tanto, los vecinos de la cuadra caminaban por la calle en búsqueda de cosas para comer, para matar, para vender o para lo que la noche decidiera. Los brillos del asfalto tiritaban conjugando su miseria con el agua de los charcos peregrinos que a coro repetían los recuerdos de una historia seca y muchos universos inútiles que se amontonaban ahí, en las calles de por atrás, por atrás.

El rumor era cierto: las estrellas se habían esfumado. Como un caldo. Traté de prevenirlos, pero ya nadie cree en nada, ni en los fenómenos. Yo se lo dije a Lupe esa mañana, antes de que llegara su primer cliente. A ella le dio risa y me dijo que dejara de pensar mamadas, que mejor me pusiera a hacerlas bien. Como un caldo. Pero como siempre habemos personas más sensibles a las cosas, y no por algo se nos coloca en realidades como ésta, yo decidí tomar medidas. A gentes como las de aquí, los conceptos nos llegan por rebote. Ideas como la verdad, el derecho y la propiedad se aprenden a putazos, y más bien se van infiriendo conforme vas perdiendo cosas o dejando de ser lo que eres. Por eso me pareció que algo andaba mal. Porque aunque nadie lo notaba, la calle estaba pidiendo atención. Todo es por algo, chingá.

A los ojos de nuestros vecinos, la Lupe y yo éramos dos guerreras bien formadas. Se nos respetaba bien y todos los culeros del rumbo nos miraban rico, con cariño. Como crecimos aquí, juntas, éramos como los árboles: ni quién nos moviera. De las dos, la Lupe fue siempre la más entrona. Le encantaba el bailongo, se rifaba con los ojetes, conseguía varo fácil, y nunca le daba hueva nada. Pinche vieja, todas esas veces que nos tocó tener que demostrar nuestra fuerza femenina, ella saltó al quite. Yo siempre he sido la observadora. Y la nalgona.

Al final de todo hubiese sido más fácil quedarme callada y seguirle buscando a lo mío, ahí al filo de la calle. Pero no; tenía que abrir la boca. Esta es la historia de cómo aprendí a no creer en la lógica, y a pintarle cremas al pensamiento. Fue así…

Todo le faltaba a todo. Hacía uno de esos fríos enfría-huesos que te recuerdan que eres mortal, y los colores de las cosas se veían rancios. Las cosas de alrededor parecían haber perdido su voluntad de reflejar, y como que todo se veía pirata. No era normal. Como un caldo. Me di cuenta que en el horizonte se habían escondido los rumores, porque no se escuchaba nada: ni los motores de los camiones, ni la necedad del viento al pasar –todo pinche soberbio– para recordarnos otra vez que no tenemos nada. Porque los ruidos sirven para eso: para recordarte cosas. Era como si a todo le faltara todo. Aire al aire, tiempo al tiempo; al estar, estar. Salí a indagar. Además de las miradas sospechosas de todos los que me veían pasar, yo sentía que me seguían. Como un caldo.

Volví. Un chiflido agudo interrumpió todo. Yo estaba sentada afuera, justo a un ladito de la puerta de la casa. Observadora. La Lupe no dejaba de hacer ruidos de esos (¿no te digo?), y los chamacos de enfrente estaban cuchicheando algo raro. En ese momento, mis ideas se esponjaron. Bien cabrón. Todo lo que yo pensaba se puso medio acá, como más sensible o hasta más real; como cuando te dicen algo y no es cierto. El chiflido venía de la azotea del edificio de junto, justo donde dicen que se había aparecido la Virgen hacía ya diez años, más o menos. No sé si era el pinche Jonás haciéndose el chistoso, pero yo claramente sentí que me chiflaban a mí. Como sea, corrí a ver qué pedo.

Entré al edificio en chinga. Como un caldo. Subí las escaleras con cuidado, pues llevaba muchos años desocupado y no fuese que algún escalón se rompiera o que me fuese a salir una rata canija. Luego de la aparición de la Virgencita, los inquilinos de ahí decidieron abandonarlo ya que lo consideraban sagrado. Pa’ mí que más bien les dio miedo y salieron por patas, o algún dirigente se los quería chingar para hacer viviendas más nais. Fui subiendo piso por piso y me asomaba a ver si no había alguien por ahí escondido, pero no. No había nadie ahí. Nadie.

Ahí arriba me di cuenta que la vista aérea de nuestra jodida colonia no estaba tan mal; será porque la distancia y la belleza vienen del mismo lugar. Ese ángulo me dio clara idea de lo que sucedía: las cosas estaban perdiendo sus nombres. Como un caldo. Porque de alguna manera, todo estaba relacionándose entre sí, sólo materialmente. Esa misma mañana fui al mercado y vi a todos levantando sus cosas temprano y, como se me hizo raro, pregunté por qué. Las respuestas fueron idénticas todas: “no sé”.

Me dio un chingo de miedo verlos a todos empacando frenéticamente sus productos. En sus miradas había una especie de… mirada. No lo podía creer. Consciencia y horizonte mezclados. Como un caldo. Salí corriendo de ahí a buscar más información y fue entonces que me topé con Jonás. Él se dedica al chicle masticado; lo trafica, produce y falsifica. Por eso sabe tantas cosas.

Cuando me vio, peló los ojos y paró la trompa. Obvio se dio cuenta que yo me estaba dando cuenta de algo. Luego de darme una revisadita lasciva, me preguntó que si yo estaba bien, o que si ya me había enterado, o que si le entendía lo que me estaba diciendo. Le dije que no mamara.

– ¡Se esfumaron las estrellas, negra! –me dijo.

Estaba todo nervioso y apurado. Así, me explicó que era un pedo bien cabrón y que estaba provocando cambios en la gente. Que por eso quienes lo sabían estaban yéndose por patas. Ah, chingá…

Las estrellas son de todos, lo sé, porque a la distancia todo es de todos. Y las estrellas están ahí para que las cosas distantes sean importantes y bellas. Pero este pendejo no me entendió. La cosa es que sí estaba diciendo la verdad, aunque fuese a su modo, porque yo vi a los del mercado todos afectados. Toda la pinche tarde estuve visitando gente de sorpresa y abordando a algunos en la calle. Les puse trampitas y les fui haciendo preguntas. Todos contestaron mal, o confundidamente. Como un caldo. Y algunos hasta se ofendían un poco por mis preguntas o mi sola presencia. Cuando entré a la tienda y pedí unos cigarros, Don Avelino me miró fijamente y casi me los aventó a la cara. Cuando le pagué, metió el dinero en el refrigerador. Como que no todos estaban afectados, cada quien a su manera estaba confundiendo algo.

Luego volví. Un chiflido agudo interrumpió todo. Yo estaba sentada afuera, justo a un ladito de la puerta de la casa. La Lupe no dejaba de hacer ruidos cachondos, y los chamacos de enfrente estaban cuchicheando algo raro y tenían los ojos encendidos. En ese momento, mis ideas se esponjaron. Bien cabrón. Todo lo que yo pensaba se puso medio acá, como más sensible o hasta más real; como cuando te dicen algo y no es cierto. El chiflido venía de la azotea del edificio de junto. Corrí a ver qué pedo.

La belleza no es de todos, aunque todos creen –y dicen– entenderla. Y las estrellas están ahí para que las cosas distantes sean bellas e importantes. Como un caldo. Una intensa angustia comenzó a metérseme en el cuerpo. La vista panorámica de Chimalhuacán me hacía sentir cosas que no puedo explicar. Tenía ganas de gritar. Grité.

Ya eran casi las nueve de la noche. La Lupe seguía cogiendo. Los chamacos seguían cuchicheando con los ojos encendidos. La gente pasaba. La noche no. El tiempo sí. Yo quería que algo pasara; que nos devolvieran las estrellas. Dios, el diablo, Peña Nieto o quien fuera que se las había llevado. Juro por mis nalgas que si en ese momento me hubiesen dicho que saltara del edificio para hacerlas volver, lo hubiera hecho. No me lo dijeron, pero salté. Y floté.

Fui cayendo suave mientras recordaba lo que suelen recordar los que se suicidan en las películas. Recuerdos. Sonidos. Si tomas líquidos en noches sin estrellas, te conviertes en nombre.

Un señor bien marrano y una señorita elegante me recogieron del piso. La Lupe seguía cogiendo. Llegando al Seguro Social me di cuenta que estoy reloca. La enfermera se agachó y dejó ver lo que traía en su bata; ahí estaban todas las pinches estrellas, en una caja. Como un caldo. ¿Qué ingirió, la Lupe?


Luis Ramaggio
Filósofo y curador de arte. Trabaja con la semiología y se la pasa alterando los órdenes discursivos de las cosas, de casi todo.