Texto Úrsula Fuentesberain

Estudio las manchas de humedad en el plafón. Son negras. Culebrean como trazos de humo. Acostada aquí en nuestra cama viendo al techo encuentro la silueta de un bebito que me recuerda a Daher. No está en su cuna mi niño. ¿Lo llevaste a la guardería? ¿Y tú por qué saliste tan temprano al banco, Omar? ¿Para no molestarme? ¿Y si te contara todas las cosas que hago en lugar de escribir la tesis, mientras espero a que Daher y tú regresen?

Acomodo nuestros discos en orden alfabético. Arrolladora Banda El Limón, Banda Machos, B.B. King, Cole Porter, El Recodo, Elvis Presley, Frank Sinatra. ¿Te acuerdas que de un mes de novios te grabé un casete con mis canciones preferidas y tú quisiste saber por qué escuchaba pura música gringa para ruquitos? Yo te conté que cuando tenía 12 años pasé el verano en Tucson, en la cocina del diner donde trabajaba mi abuela mientras mi mamá se iba a pizcar limones y clementinas al norte de Arizona. Ahí, sentada en esos bancos verde pistache, escuché por primera vez “Unforgettable”, “Fly Me To The Moon” y “Always On My Mind”. Mi abi me daba 25 centavos diarios para echárselos a las rockolas individuales que tenía cada taburete y yo sacaba mi diccionario inglés-español para escoger tres canciones con palabras que no conociera.

Cuando Daher andaba inquieto, me pegaba los audífonos a la panza y le ponía “The Tennessee Waltz”, “Blueberry Hill”, “What Difference A Day Makes” o cualquier canción de Tony Bennett, de esas tranquilitas. A ti te entraban los celos porque te hubiera gustado ponerle alguno de tus discos, pero ni la banda ni las cumbias sirven para arrullar bebés. Me decías que te daba miedo que la gente lo tachara de maricón cuando lo escucharan cantando música en inglés para ñores. Yo te respondía que estaría bien que nuestro niño tuviera gustos diferentes a los de la gente de Hermosillo, que por eso le habíamos puesto Daher: el punto más alto de la montaña, el que sobresale.

Sigo ordenando discos: Intocable, Joan Sebastian, Johnny Cash, La Sonora Santanera, Nina Simone. Ahora que ustedes no están el tiempo es otro.

Identifico ruidos que nunca había escuchado en el edificio: cucharas que disuelven el azúcar en las tazas de café, el papaloteo de la ropa tendida en la azotea, manos que pelan verduras, dedos tamborileando sobre una mesa de formica, una boquita que balbucea, el suspiro de un refrigerador, la familia de murciélagos que desenrolla sus alas y sale disparada hacia el crepúsculo desde la cornisa de nuestra ventana.

La primera vez que vi a los murciélagos te pedí que los mataras. Te dije que me daban asco esos ratones con alas. Tú me llevaste de vuelta a la ventana y me enseñaste cómo cazaban insectos. “La gente de mi pueblo dice que los murciélagos son guardianes y que no solo comen bichos sino ánimas, por eso hay que respetarlos”, me dijiste y me hiciste un huequito entre tu pecho y tu brazo para que me acurrucara junto a ti, cerca de la ventana. Sus cuerpos oscuros trazaban ochos y zetas y otros signos indescifrables en las nubes púrpuras. Cuando cayó el sol dejamos de verlos. Tú abriste la ventana y me dijiste que parara la oreja. Yo sabía que los murciélagos emiten ultrasonidos y que utilizan una especie de sonar para ubicarse y para detectar a sus presas en la oscuridad, pero nunca me hubiera imaginado lo que sentí cuando asomé la cabeza por la ventana y pude verlos con mis oídos, sus chasquidos eran como luces invisibles.

Tomo un baño. Abro la pura agua caliente. Me gusta voltear al espejo y encontrar solo bruma de agua.

Me masturbo con rabia. Nunca puedo venirme.

Escucho ese disco donde Nat King Cole canta en español. Mi abi lo tenía puesto la primera vez que fuiste a ver televisión a mi casa. Trataste de plantarme un beso, pero me quité. Te dije: “Espérame tantito”. Necesitaba grabar ese momento en mi cerebro y apoyé la cabeza en tu hombro. Fui yo la que te besé después de un rato. ¿Sabes qué fuerzas se activan cuando dos bocas entran en contacto?

El equilibrio térmico se alcanza horas después de que una persona muere. El calor corporal cae un grado Celsius por hora hasta alcanzar la temperatura ambiente. Entonces empieza la descomposición.

¿Pero qué sucede con un cuerpo en llamas? ¿Cuánto le toma a un cuerpecito de doce kilos desintegrarse en un cuarto que está a setecientos grados centígrados? ¿Y a cuarenta y nueve cuerpos igual de chiquitos?

Odias que te haga preguntas que no sabes contestar, pero desde chiquita soy así. Cuando tenía ocho años, machaqué a mi abi hasta que me compró El almanaque de las cien mil respuestas. Ahí aprendí por qué los judíos marcaron sus casas con sangre de cordero, de qué está compuesto el monóxido de carbono, quién fue Herodes y cuánto tarda una persona en desmayarse ante un dolor extremo.

Estás perdiendo el tiempo, pensando, pensando, canta Nat. Su lengua rueda las erres en cámara lenta, como una ola hecha de lava.

Me subo al librero, al mueble de la tele, a las repisas del juguetero. ¿Si dibujáramos el algoritmo para calcular la entropía que actúa sobre nuestro techo, crees que los trazos se parecerían a los de la borra de café en donde vi que estaba embarazada de Daher? ¿Cómo se propagaría el fuego si las cortinas se incendiaran? ¿Qué longitud habrán tenido las primeras llamas que se colaron por el toldo de la guardería?

Perchada aquí, sobre la alacena, observo las manchas de humedad en el plafón de la cocina. ¿Existirá una fórmula matemática para predecir la propagación del moho?

Me pongo ese vestido verde que tanto te gusta. Me lo quito y me lo vuelvo a poner, solo para sentirlo contra mi piel. Apenas percibo una sombra de su caricia satinada. Extraño tus manos.

Preparo café. No para tomármelo sino para ver su vaho en la penumbra. Mis libros de la universidad explican cómo hizo Joule para determinar que el equivalente mecánico de mil calorías son 4,180 Joules. La queloniomancia no aparece en mis libros pero sí en internet, y asegura que si al echar el caparazón de una tortuga al fuego aparecen manchas puntiagudas, un ser querido te va a dejar.

Mis maestros dicen que para un químico las únicas respuestas válidas deben ser las que arrojan sus muestras de laboratorio, pero a mí me parece que el origen de una explicación es irrelevante.

Busco mis pastillas. Revuelvo cajones, vacío armarios, reviso bajo los muebles y entre los libros. ¡Carajo, Omar! ¿Otra vez las tiraste al escusado?

Rompo toda la vajilla. Me emputa que no entiendas que ellas me ayudan a no necesitar respuestas.

Miro tu rostro aterrado cuando cruzas el umbral.

Me echo a tus pies. Te digo: “Omar, ¿dónde está mi bebé? ¿Ahora sí ya llegó al hospital? ¿Es uno de los últimos niños que sacaron de la guardería? ¿Lo encontraron al abrir el boquete que uno de los papás hizo con su pick-up? ¿Nos equivocamos? ¿Estás seguro de que ese era su cuerpo? ¿Y si bajo la lápida que dice Daher Omar Valenzuela Contreras está un chiquito que no es nuestro hijo?”.

Tú sigues recogiendo platos rotos sin mirarme. Una vez que el piso está limpio, empacas tus cosas.

Te miro dormir en el cuarto de Daher, en la cama que le compramos para cuando dejara la cuna. ¿Por qué no duermes en nuestra cama? ¿Ves mi cuerpo ahogado en un mar de vómito y pastillas blancas?

Trataste de despertarme. Me agitaste, limpiaste el vómito, soplaste en mi boca, le diste compresiones a mi pecho. ¿Cuándo te diste cuenta de que ya no estaba ahí?

Deshago tus maletas. Regreso cuidadosamente cada corbata a su lugar en nuestro clóset, cada camisa a su gancho. ¿Sabías que dos sistemas aislados pueden permanecer en equilibrio térmico al ponerse en contacto siempre y cuando “contacto” signifique intercambio de calor, pero no de partículas?

Cuando despiertas y ves lo que hice, caes al piso, te haces bolita y lloras. Te abrazo, pero tú te estremeces y te alejas de un brinco. “¿Para qué me quieres aquí? ¿Para llorarte? ¿Para seguir llorando a Daher? ¡Ya no me quedan lágrimas para los muertos!”, me gritas. Te levantas, sacas todos tus documentos del escritorio y te vas sin volver la cabeza.

Araño la puerta que azotas al salir. Aúllo tu nombre. Te maldigo. Clavo los dientes en los marcos de las puertas. Tomo las tijeras y reduzco las sábanas a jirones. Desmenuzo las almohadas hasta que son puro borrajo blanco.

Pongo el disco de Nat King Cole y me enfundo en el vestido. Cuando mi cabeza emerge del satín verde, la cama está hecha y las almohadas intactas. Mis pastillas están de vuelta en mi buró, donde siempre las guardo.

Necesito aumentar mi dosis esta noche, quiero que cuando Daher y tú lleguen, me encuentren tranquila. A Daher le voy a dar su biberón tibio y a ti, unos tacos de picadillo. Les voy a enseñar todo lo que avancé en mi tesis y cuando lleve a Daher a su cuna le voy a decir que cuando le toque entrar al kínder, su mamá ya no va a ser empleada de una farmacia sino licenciada en Química.

Me tomo una pastilla por cada hora que los espero. Cierro los ojos. Nat me arrulla: “Por lo que más tú quieras, ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo?”.

Despierto y no estás en la cama. ¿Por qué te fuiste tan temprano a trabajar? Veo la silueta de Daher en el plafón. No está en su cuna. ¿Lo llevaste a la guardería?


Úrsula Fuentesberain (Celaya, 1982).
Publicó el libro de cuentos Esa membrana finísima (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2014). Es becaria del programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en el área de novela.
ursulafuentesberain.wordpress.com / Twitter: @ursula_fb